Episodio 2:

2. Un romance prohibido

Anochecía en los extensos jardines de arboris y los serenos habían comenzado a encender los faroles a gas, llenando la noche de minúsculas llamas azul anaranjadas que danzaban enmarcando las angostas avenidas de setos y adoquines. Todo había sido diseñado desde siglos antes a la usanza francesa, en el que la repetición y la figura geométrica de cada seto, arbusto y árbol debía transmitir la perfección y la armonía de la creación. Nada estaba ahí por azar, y aunque había algo laberíntico en su disposición, todos los senderos estaban trazados en perspectiva hacia al centro, hacia el imponente Árbol Padre, sede del gobierno de Sortes.

El Gran Jardín estaba hecho para la reflexión, para que cordis y mentis que dirigían la nación, se adentraran en esa mole verde y negra buscando entre sus caminos la luz y la sabiduría necesaria para gobernar con justicia.

 

En una de las intersecciones de los caminos había una fuente de agua en cuyo borde estaba sentada una joven de pelo liso y oscuro, que estudiaba con gran interés un libro de arte pictórico renacentista. Un joven alto y delgado, que revisaba una bitácora astronómica, se encontraba sentado cerca suyo. Los mentis que pasaban por su lado lo miraban con curiosidad y suspicacia: Su esencia cordis era apreciable y no era bien visto que uno de ellos se detuviera ahí a esas horas de la noche. Pero él permanecía indiferente, sumido en su propio mundo.

Cuando los transeúntes se disiparon, la mano del joven cordis se unió de improviso con la de la chica mentis. Ella miró a su alrededor y al comprobar que nadie los veía, le devolvió una sonrisa cómplice. Sobre sus cabezas resplandecía una inusual luna llena, tan grande que se podía distinguir cada cráter de su superficie. Nubes grises y azuladas bailaban a su alrededor cubriéndola parcialmente, pero poco a poco comenzaron a desvanecerse dando lugar a un astro infinitamente más luminoso.

Ahí donde hacía unos instantes estaba la luna, ahora se veía brillar un inmenso sol de mediodía.

La avenida principal de la ciudad de Arboris estaba a reventar. Como cada año, los cordis festejaban la ancestral fiesta de la cosecha. Ese día los alrededores del Árbol Padre cobraban vida y hasta el aire se teñía con un dulzor especial. Chicos y grandes vestían sus tradicionales trajes eduardianos acentuados con alegres colores y divertidas máscaras. En cada esquina se cantaban antiguas melodías folklóricas cuyas tonadas resonaban por todos los jardines. Mientras unos bailaban, otros levantaban sus copas para brindar por la próspera cosecha. Otros tantos instalaban puestos donde intercambiaban platillos y postres hechos con los frutos recogidos de la temporada.

La tradición continuaba con un desfile de jóvenes disfrazados ejecutando diferentes números artísticos a lo largo de las avenidas. Representaciones gigantes de frutos y animales se hacían presentes también.

La gente comenzaba a abarrotarse para tener un buen lugar desde dónde observar. Escondida bajo la capucha de su capa, la chica mentis intentaba pasar desapercibida entre los alegres cordis.

Como pudo, comenzó a hacerse espacio entre la gente; esquivó a un grupo de niños con máscaras de viejos que se arrojaban ciruelas y melocotones, y a algunos adultos que bebían vino de unos jarrones de greda con gran jolgorio. Después de algunos minutos, logró cruzar el enorme arco de piedra que caracterizaba la entrada a la Facultad de Arte.

El contraste del silencio y del frío de aquel recinto fue inmediato. El amplio pasillo abovedado que conducía hacia las aulas, la hacía sentir ínfima, y el eco ensordecedor de sus zapatos sobre la piedra le fue imposible de soportar. Tímidamente decidió quitárselos, ocultarlos bajo el brazo y continuar de puntillas hasta el salón donde se dictaba el taller de óleo. Al ingresar, revisó el viejo y solemne reloj de pared: había llegado tarde. Buscó entre los atriles con pinturas a medio terminar, pero no encontró a nadie.

Se detuvo a pensar qué hacer, cuando unas carcajadas cercanas le dieron un susto de muerte. Por un salón contiguo comenzaron a salir decenas de jóvenes cordis vestidos con trajes arlequinados y máscaras venecianas. Formaban parte de uno de los números del desfile que se presentaba en la calle contigua a la universidad. La chica retrocedió sobre sus pasos deseando hacerse invisible, pero uno de los animados enmascarados la vio y la tomó por la cintura para llevarla con el grupo que bailaba y reía, hacia la avenida donde continuaba la fiesta.

Sin más remedio la chica aceptó un antifaz rojo, adornado con grandes plumas, que le ofrecía un niño con la mano estirada. El joven de la máscara azul metálica que la había arrastrado hasta ahí, la tomó de las manos y junto con los otros bailarines, la hizo dar vuelta, al ritmo de panderetas, al enorme árbol artificial que representaba un Árbol Padre cubierto de manzanas. Cuando el siguiente número estaba por presentarse, la chica aprovechó para emprender la retirada, pero el enmascarado la alcanzó en la calle y la detuvo tomándola de las manos.

“¿Tan poco me quieres que no me reconoces?”

“¡Pascual!”

 

Ambos se refugiaron en el taller de pintura como todos los sábados, cuando nadie visitaba esa ala de la Universidad. Ambos se quitaron las máscaras y entre atrios y lienzos se fundieron en un beso desesperado, como el de los amantes que no se han visto en años. Para ellos el espacio y el tiempo no existían. Nada importaba más que sus propios cuerpos y lo que sentían. No había ojos que los juzgaran. Tras desenredarse de un eterno abrazo, él la miró ilusionado.

“Escapemos”.

—Pascual…—dijo la joven, sonriendo— No digas disparates.

—¡Cásate conmigo! —Adelantó Pascual sin ninguna traba—. Podemos vivir del otro lado… Jan Paul me dijo que podíamos vivir en Rusia, en alguna de las casas que su familia tiene allá. Nadie volvería a saber de nosotros. Nadie podrá prohibirnos estar juntos nunca más.

—Sabes que es una locura. Eres el hijo del Pater Concilius. Moverán cielo, mar y tierra hasta encontrarte —le dijo ella con aprehensión. Luego, para distender el ambiente, agregó, sonriendo—. Además, es un pésimo plan. En el primer lugar en el que nos buscarían es en alguna de las casas de los Pavlickova. Todos saben que Jan Paul te sigue en todas tus locuras.

—Razones tiene para hacerlo.

—¿Lo dices por su hermano?

—No quiero que acabemos igual que él. ¿De qué ha servido ese matrimonio concertado? Todos saben que Vincent está enamorado de una cordis. Eso es vivir una mentira y acabara por acarrear tristeza y desolación para todos.

—Pascual, no digas eso

Él la miró a los ojos con un amor profundo, sublime

—No cometamos el mismo error que ellos, Estelina. No podemos renunciar a nuestro amor. Cásate conmigo.

—Sabes que eso es imposible —La sonrisa de Estelina se diluyó.

—¿En verdad lo crees? ¿Crees que el Gran Creador nos enviaría “caos y devastación” por pertenecer a castas distintas?

— No hablo de la leyenda —le respondió ella—. Sabes que nuestra unión va contra las tradiciones más antiguas. Nadie aceptaría jamás que contrajéramos matrimonio.

—Tienes razón… Pero lo haremos igual —contestó con seguridad Pascual mientras tomaba la cara de Estelina entre su manos.

La joven mentis lo observó sin saber qué decir, pero en la luz de su mirada estaban todas las palabras que no encontraba.

—Nuestro amor es muy fuerte —prosiguió Pascual—, tan fuerte que no hay causa terrena ni divina que nos pueda separar.

Estelina observó a ese soñador a quien tanto amaba. Y ante la ausencia de palabras, un beso eterno habló por los dos.

Las nubes comenzaron a tornarse turbias y descendieron transformándose en niebla. Tras ser revueltas por el viento, dejaron entrever un poblado bosque con extensos pantanos verdosos. Al centro se podía apreciar una enorme casona de madera oscura, como las que suelen construirse en Sortes del Oeste. Estelina entró cuidadosamente intentando no llamar la atención y cerró la puerta tras ella.

Pero del otro lado, en el vestíbulo, sus padres ya estaban esperándola.

Tras un frondoso rosal de flores rojas como la sangre, nada común en aquel paisaje oscuro, se encontraba Pascual observando la escena a través de una de las ventanas. Los Scalofrío parecían reclamarle algo de forma hostil a su hija, buscando en sus ojos una respuesta. Estelina solo afirmaba cabizbaja mientras ambos la miraban con desaprobación.

Finalmente, Estelina salió de la casa, con los ojos llenos de lágrimas y corrió hasta el rosal, abrazando a Pascual con todas sus fuerzas.

—Casémonos —le dijo ella—. Aunque nadie lo apruebe, quiero pasar el resto de mi vida contigo.

El rosal que los cobijaba cambió de color y se transformó en un altar de rosas blancas que perfumaban el pequeño salón en el que se encontraban. De fondo se escuchaba una bella melodía de violines.

Pascual miró a Estelina. Ya no lloraba. Iba ataviada con un vestido blanco de seda, bordado con cuentas y perlas, y su rostro, cubierto por un velo y una corona floral que enmarcaba su cabello negro, estaba radiante de felicidad.

El joven Pascual llevaba un traje de corte clásico, excepto por el bordado de oro en la chaqueta, una filigrana intrincada que iluminaba su apariencia, otorgándole una personalidad desafiante.

Los asistentes eran pocos. Jan Paul Pavlickova, el mejor amigo de Pascual, sonreía ilusionado mirando a los novios; el padre de Jan Paul, Stefan Pavlickova sentado al lado de su hijo, taciturno. Elisée, la asistente de Pascual, le daba unas palmadas en la espalda mientras avanzaba hacia el altar. Un hombre grande y de estampa señorial también miraba expectante el desarrollo de la ceremonia. Themistocles Ballsels, viejo amigo de la familia Della Calabazza. El íntimo grupo de invitados lo completaban unos cuantos fundadores cercanos a la familia de Estelina.

Pero el convidado más sobresaliente era Norilio Della Calabazza, el mismísimo Pater Concilius de Sortes. Se rumoreaba que la decisión de asistir a ese polémico matrimonio había provocado un fuerte desencuentro con su mano derecha, Antenor Pavlickova. Norilio había desechado las advertencias de su consejero, que aseguraba que permitir ese matrimonio, y más aún, validarlo con su presencia, le iba a acarrear un alto coste político. Pero Norilio había desestimado sus aprehensiones.

Los grandes ausentes de la ceremonia eran los padres de Estelina, la distante y aristocrática familia Scalofrío, y Aldonza de Bruyn, la madre de Pascual, de la que hacía mucho tiempo no se tenía noticia en Sortes.

Aunque Pascual había crecido sin la presencia de su madre, y Estelina estaba acostumbrada a una familia poco afectiva, la ausencia de sus progenitores en un momento tan importante de sus vidas no podía sino afectarles. Como si se leyeran la mente, ambos se procuraban miradas reconfortantes cuando al otro se le veía un atisbo de tristeza o inquietud. Se tenían el uno al otro y eso era suficiente. Juntos lo podían todo.

Gaius, el venerable sphinge ritus, encabezó la ceremonia. Se acercó a los novios y con su mano derecha marcó en el aire el símbolo de Sortes: la figura de tres puntas que representaba a los mentis, y los dos círculos concéntricos de los cordis.

Beata mens cum corde, queridos Pascual y Estelina.

Tomó a la pareja de las manos y las rodeó con el tradicional lazo hecho con las ramas y savia del Árbol Padre, uniéndolas con ceremonia y solemnidad.

—Que la virtud prevalezca en esta nueva pareja, ahora y siempre, como marido y mujer.

Pétalos blancos llovieron sobre sus cabezas. Los aplausos lo inundaron todo. Estelina y Pascual no podían estar más felices, ambos se miraban triunfantes. Pese a todo, por fin serían una familia.

El sonido de los aplausos continuaba y se hacía cada vez más intenso, envolviendo por completo la música de los violines, hasta transformarse en un ruido ensordecedor que le taladraba los oídos a Pascual. Al voltear hacia los invitados para acallarlos, se encontró con los furiosos ojos de los señores Scalofrío. Sintió su mirada como si se tratara de una daga clavada en el estómago. ¿Cómo era posible que no se hubiese dado cuenta que estaban ahí?

De pronto descubrió que había otras muchas caras que no reconocía, personas de todos los rincones de Sortes, que lo señalaban. Un murmullo comenzó a crecer hasta llegar a los gritos.

—¡Es un matrimonio impuro! —Sentenció uno de los desconocidos.

—¡Niño mimado! ¡Eso es lo que eres! —continuó una mujer que tampoco reconoció.

—¡Traidor! ¡Asesino!

Los insultos no parecían llegar a su fin.

Pascual comenzó a sentirse sofocado. Instintivamente buscó a Estelina con la mirada. Ella aún sonreía llena de ilusión. Torpemente se acercó y la besó dulcemente para sellar su compromiso. El ruido externo se detuvo por completo y cuando Pascual se separó de ella aliviado por el silencio, sus ojos volvieron a abrirse y el corazón le dio un vuelco de horror: la silueta de su amada se había convertido en una estatua de cenizas que poco a poco se deshacía sobre el suelo.

Un fuerte e intempestivo viento terminó por dispersarla… Pascual contemplaba petrificado.

—¡Es tu culpa! ¡Todo es tu culpa, traidor!

Uno a uno, los presentes —incluyendo a sus amigos— volvieron a gritar, llevando las manos hacia él. El ruido reapareció haciéndose insostenible, y Pascual gritó y se cubrió los oídos sintiendo que la locura se apoderaba de él.

 

Y entonces despertó.

 

Estaba bañado en lágrimas y sudor. Le dolían todos los huesos y músculos del cuerpo. Deshizo lentamente la posición fetal en la que se encontraba y miró a su alrededor: Seguía en la oscura esquina de aquella húmeda y fría celda, en el calabozo de Sortes.

Nada había cambiado, nada, y nada podría cambiar jamás la ausencia de Estelina.

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