Episodio 3:

3. Rumbo a Brujas

La noche era formidablemente negra.

Y tan llena de estrellas que aunque hubiese hecho de su misión en la vida contarlas todas, jamás lo habría logrado.

Ni aunque viviera cien años.

Noches así no se veían en New York, la última ciudad donde había vivido. ¿O vivía aún ahí?
Toda su vida había cambiado en cuestión de días.

La cosa es que el cielo de New York nunca era negro. Era la ciudad que nunca duerme y las luces siempre encendidas no daban cabida ni a las estrellas ni a la oscuridad como la que ahora caía como un manto profundo e inexorable a ambos lados de la carretera que los conducía a Brujas.

Acá no había casas ni construcciones, no había colinas ni montañas, a cada lado de la carretera todo era plano y la noche se extendía como una inmensa cúpula sobre ellos.

Amaba esa noche, sin duda, pero le habría gustado que fuese de día porque entonces las amplias planicies que los bordeaban habrían descubierto los inmensos sembrados de tulipanes que se desplegaban hasta que la vista se perdía en el horizonte. Esa visión surreal de colores que al mecerse con el viento irradiaban ráfagas de violetas que se convertían en rojos, amarillos en naranjos, azules en morados y morados en rosa.

Si fuese de día estarían atravesando el arcoíris más impresionante del mundo, y ella se lo podría haber enseñado a sus hermanos que, después de haberlo visto una vez, jamás lo olvidarían.

Bajó la visera que estaba delante de su asiento para acceder al espejo. Revisó el parche que le habían puesto sobre la herida de su frente en el hospital de Amsterdam la noche anterior y paseó su vista a través del espejo a los asientos traseros.

Ludovico y Rosamunda dormían apoyados, ella en su hombro y él en su cabeza. La fatiga los había rendido, y la monotonía del viaje los había sumido en un profundo sueño.

A pesar del cansancio, Ludovico no había dejado caer su mochila, dormía abrazado a ese preciado bulto de donde podía salir un ratón, una navaja, una lupa, un cepillo de dientes o sus frascos con preparaciones especiales.

Con los ojos cerrados y sus pestañas largas, a Pascualina le pareció más niño de lo que era y se preguntó si no les estaría pidiendo demasiado. Pero ¿qué alternativa había? ¿Dejarlos en casa de una tía? No tenían familiares y ni él ni Rosamunda lo habrían aceptado. Estaban solos en esto.

En el espacio en torno a Rosamunda, había envoltorios de chocolate, paquetes de papas fritas a medio comer, cajas de jugo y su nuevo favorito: caramelos ácidos. No había caso, la chica no toleraba los vegetales y adoraba la comida chatarra. Pero tendría que preocuparse de ese mal hábito después, en ese futuro que no tenía rostro aún. Ahora sólo tenía en mente una misión: Encontrar a papá.

A la izquierda de Ludovico estaba Manfred. Mientras todos los demás estaban desparramados en los asientos, él permanecía erguido, imperturbable, y Pascualina dudó de si dormía o si sólo tenía los ojos cerrados.

Manfred, el chico ciego, amigo de Libia, al que sólo un par de horas atrás habían rescatado de una pesadilla en un pequeño poblado del interior. “Lo sacamos de una pesadilla sólo para meterlo en otra”, pensó Pascualina. No, se corrigió, las pesadillas sólo son pesadillas si estás solo en ellas y en este caso, todos estaban juntos en esto. Le pareció percibir que Manfred movía los ojos tras sus párpados cerrados.

Libia tenía la cabeza apoyada contra la ventana. El pelo violeta le cubría la mitad del rostro que aún evidenciaba las heridas del accidente.

¿Quién era realmente esa chica? ¿Era su amiga? No. Bajo los estándares de cualquier persona normal, Libia, la joven violenta y mordaz que había conocido en Lichtenstein no era su amiga. Y sin embargo, cada vez que aparecía en su vida, detrás del aparente infierno, ella traía beneficios.

La crueldad con que la había abordado obstinadamente en Lichtenstein le había devuelto a Andriev. Y ahora, sin ninguna explicación los había obligado a todos a desviarse de lo único importante que tenían que hacer, que era seguir la pista de su padre, para rescatar a un chico huérfano y ciego, abandonado a su suerte en un pueblo perdido de los Países Bajos.
Si la situación hubiese sido al revés, estaba segura de que Libia aún estaría riéndose de ella.
¿Era Libia realmente capaz de compadecerse de otro ser humano o es que necesitaba a Manfred de alguna manera que aún no había querido revelar? Libia era enigmática, eso era lo único cierto respecto a ella.

Un letrero indicó que estaban a doce kilómetros de Brujas.

El tráfico era ligero, pero continuo. El puerto de Brujas seguía siendo uno de los más activos de Europa y los camiones transitaban intermitentemente hacia y desde el centro del continente. El que se acercaba ahora era morado intenso y el acoplado rectangular estaba cubierto de una lona roja impresa con el logo de un oso gris que sostenía entre sus manos una rama de cebada. El nombre de la empresa estaba en flamenco, y un banderín amarillo que encerraba el diseño decía en inglés Established 1814. Una de las muchas destilerías de cervezas de Brujas, pensó, y sonrió al recordar que su primera cerveza la había probado ahí.

Otro camión, ahora amarillo y blanco pasaba por su lado.

Sentía una absurda atracción por los camiones y era algo que no le había confesado nunca a nadie.

En las reuniones sociales era fácil encontrar quien compartiera su admiración por los cactus y las suculentas, esas pequeñas plantas que podían sobrevivir sin agua durante meses. Siempre eran el inicio de una conversación más trascendental, pero ¿hablar de camiones? No. Por eso no lo había confiado nunca y era un pequeño placer que reservaba para ella.

Le gustaba seguir con su imaginación la ruta de esos acoplados, se transportaba junto con ellos, llegaba hasta las fábricas, y aún más allá, a esas pequeñas industrias familiares donde una mujer joven cortaba el tallo de una rosa, le quitaba las espinas y las hojas y la depositaba con delicadeza sobre una caja blanca, asedada… La misma rosa exquisita y única que misteriosamente acabaría dentro de un jarrón de cristal sobre la mesa de caoba de una renombrada boutique en la Quinta Avenida, donde una clienta la alabaría profusamente.
Sí, le gustaba elevarse con su imaginación y mirar desde arriba, escudriñar en los corazones, en el sentir y en el pensar de esos cientos de millones de cuerpos y almas que daban vida a este planeta. Quizá era una tontería y una soberana pérdida de tiempo, pero ¿acaso era ella la única que se dejaba llevar por la imaginación?

“Estúpido”, masculló Andriev entre dientes sin quitar la vista de la carretera.

Pascualina se sobresaltó. ¿Estúpida? ¿Estúpido? ¿Había estado pensando en voz alta?

—¿A quién le dices eso? —preguntó ella.

—Al del auto que pasó. ¿No lo viste? —respondió Andriev—. Si ve que tengo las luces altas encendidas, ¿por qué no baja las suyas? Tipos como ese son los que causan los accidentes de tránsito.

—¿Y por qué no las bajaste tú?

Andriev levantó imperceptiblemente su ceja derecha.

—Porque es el conductor de la otra pista el que debe bajar las luces —explicó.

—¿Cómo lo sabes? —insistió Pascualina.

—Porque hay cosas que simplemente se saben. Es una cuestión de orden.

Pascualina había empezado a sonreír y ya tenía preparada la respuesta para ese juego que jugaba a veces con Andriev, para bromear con él y tomarle el pelo por esa forma tan blanco o negro que tenía de ver las cosas en la vida.

Ese juego en el que ella fingía ingenuidad y él hacía acopio de toda su paciencia para explicarle cómo eran las cosas, hasta que ella no se contenía más y explotaba en una carcajada que lo descolocaba. Ese juego que acaba con ellos en una persecución divertida, un abrazo, y unos besos que comenzaban tiernos y luego subían de intensidad.

Ese juego no lo podía jugar ahora. Todo había cambiado entre ellos. Sintió el baño tibio de la vergüenza envolverla cuando recordó a Jan. Después vino la indignación.

No, no ahora.

Se obligó a concentrarse en los movimientos de Andriev. No se había afeitado desde hacía cuatro días, desde el abrazo en las afueras de Amsterdam, para ser exactos, pero eso a Andriev le sentaba bien.

Aguzó la mirada y vio que habían aureolas grises bajo sus ojos. Era el único que no había dormido nada desde que toda esta pesadilla había comenzado. Se había negado a hacerlo en el hospital, aunque la enfermera aseguraba que le habían puesto un sedante en el suero. Y sin embargo, ahí estaba, levemente inclinado atrás, las manos descansando en el manubrio, la vista en la carretera y esa magnífica eficiencia de movimientos: el pie derecho presionando y soltando el acelerador, para luego pasar al pedal del medio y presionar con un toque suave, al tiempo que el pie izquierdo se desliza hacia el embrague y presiona, lo que automáticamente hacia que su mano derecha abandonara el manubrio y cambiara de marcha en la palanca mecánica.

Los movimientos se sucedían y se repetían acompasados por la vista que casi sin notarlo, iba al frente, al espejo retrovisor, al lateral izquierdo, al lateral derecho y volvía al frente. Siete u ocho movimientos que se ejecutaban con la maestría que da la experiencia: ese hacer sin pensar.
Se sonrío tristemente al contemplarlo, y por un instante sintió lástima por lo que le había hecho.

No por Jan. Eso era otra cosa. Si no porque ella había sido un torbellino en su vida. Andriev era un hombre de convicciones profundas, de hábitos arraigados y un sentido del deber inexpugnable. Ella lo había sacado de curso una y otra vez, y ahora, no sólo ella, si no toda su familia lo arrastraba a este mundo de poderes ocultos, de dimensiones paralelas, de gente simplemente… rara.

¿Cómo iba a explicar todo esto Andriev cuando regresara a su cuartel en Rusia? ¿Acaso podría regresar? ¿Habría vuelta atrás para Andriev o ella le iba a arrebatar incluso eso? Sintió que se le cerraba la garganta, y pensó que debía a toda costa encontrar una manera de liberarlo de su compromiso.

Giró su vista hacia la oscuridad de su ventana, justo en el momento en que un tren de vagones blancos y modernos avanzaba por las líneas férreas paralelo a la carretera. Sus ojos miraban sin ver esa difuminada serpiente blanca que los iba dejando atrás. Cerró los ojos.
El vagón era de un celeste reluciente por dentro, los asientos de felpa azul, y la alfombra del pasillo roja.

“¡Gracias, papá, necesitaba tanto este viaje a Brujas! Sé que has tenido que cambiar tus conferencias en la universidad, y que tenías un compromiso en Praga y que mamá se ha quedado sola con los chicos y—”

Su padre, desde el asiento de enfrente, no la dejó terminar, se adelantó hasta chocar sus rodillas con las de ella, y le envolvió sus manos con las suyas, como hacía cuando era pequeña. “¿Qué no haría yo por mi niñita?”, le había dicho con la misma ternura y certeza que le transmitían sus manos. Ese contacto cálido de la presencia corporal de su padre que ahora no tenía, le endureció el estómago.

“Lo de tu madre sola con la tropa… uf… eso me va a costar un gran regalo”, dijo Pascual. “Espero que hayas traído tu chequera, ¡mamá no se conforma con cualquier cosa!”, le había respondido ella.

Pascual había abierto los ojos como plato, y ambos se habían echado a reír con esa forma tan característica que tenían de hacerlo, echando la cabeza hacia atrás.

Sabían que compartían gestos que los hacían únicos y especiales dentro de la familia. Pascualina siempre podía terminar las frases de su padre, y Pascual siempre sabía lo que Pascualina iba a decir. Eran pequeñas cosas, sutiles, intrascendentes, pero ambos lo sabían y saboreaban la complicidad, mientras su madre, Estelina, levantaba la vista de sus escritos y los miraba con los anteojos en la punta de la nariz, moviendo la cabeza de un lado a otro, fingiendo seriedad.

“Yo sé que en un momento de tu vida decidiste escoger a tu padre como confidente”.

El corazón se le detuvo en el medio del pecho al recordar la frase de su madre antes de morir, y sintió un ardor insoportable detrás de los ojos.

Oh, Dios, no. Ahora no.

No existía nada más desgarrador que el dolor ajeno que sentía ahora en carne propia, que la estremecía, que le robaba el aire, que le inundaba los ojos de llanto.

Nada más desgarrador que recordar el dolor contenido en la voz de su madre al pronunciar esas palabras. Nada más desgarrador que esa conversación inconclusa en la casa de campo de Amsterdam… sin regreso, sin vuelta atrás… inconclusa para siempre. No existía nada más doloroso y más definitivo que esa posibilidad robada que se sentía con toda la impotencia de una injusticia que no tiene reparación.

Esa empedernida independencia suya la había alejado de su madre y ahora no había nada en el mundo que le devolviera su contacto, su olor, su risa. Lo habría dado todo para tenerla de regreso. Y no tenía nada.

Se sumergió en sus pensamientos con los dientes apretados y los ojos cerrados a rabiar para impedir que esa montaña de dolor la hundiera en la desesperación.

Y de pronto dijo no. No lo creeré. No creeré que no existe algo que no sea más fuerte que el dolor. Tiene que haber otro sitio, otro momento, otro mundo, otro tiempo, lo que fuera… algo que sea eterno y donde yo la encuentre.

Pero ella era fuerte y el dolor no le era ajeno. La vida le había puesto en situaciones que la habían obligado a tener una gran fortaleza. Para ella y para los otros.

Cuando Mikaela, su compañera en las clases de teatro, estaba pasando por graves problemas económicos junto a su familia, Pascualina había estado presente para apoyarla en lo que necesitara. Tampoco había vacilado en ayudar a Danitza, la joven cosaca que había conocido en Kiev, para que pudiera liberarse de la opresión que vivía en su propia casa. No dudó ni un segundo en acompañar a su amiga Tosha en un viaje relámpago para asistir al funeral de su madre en Bulgaria.

Ahora era ella la que vivía ese duelo y, como nunca, sentía la necesidad del apoyo de una amiga.
Pero ahí estaba, sin amigas, acompañada por sus hermanos, por Libia y Manfred, dos personas que pese a ser de su propia estirpe eran casi unos desconocidos… y por Andriev.

¿Quién era Andriev ahora en su vida?

Hace mucho tiempo habían llegado a la conclusión de que no podían estar juntos. Y ella había hecho lo que tenía que hacer, por muy doloroso que fuera. Se había ido de Paris a New York y había empezado de nuevo.

No era tonta. Sabía de los murmullos por su desaparición en Socotra. Sabía que la juzgaban por esa supuesta pasión romántica que la había hecho ir detrás de Hakim, ese chico enigmático de medio oriente, pero nadie, nadie, le había dicho cuán fuerte era por haber sobrevivido en ese mar inmenso, en esa caverna demencial, sola.
Sí, ella era fuerte.

Una voz en su interior estaba a punto de replicar que todo eso de frases y afirmaciones positivas no era más que el consuelo de los débiles cuando apareció el letrero de Brujas, el aguerrido león azul de pie en sus dos patas traseras, con la cruz amarilla al cuello y la cabeza erguida, sobre franjas blancas y rojas. La pasión y el dolor unidos, pensó. Decidió considerarlo una señal que al mismo tiempo la fortaleció y le quitó el aliento.

Carraspeó para aclararse un poco la voz y, sobretodo, para tener una excusa para acomodarse en el asiento, echar el pelo atrás y secarse con la palma de las manos los ojos.

Acarició el libro de su madre que llevaba sobre las piernas. El libro de El Embrujo, la tierra mágica donde había nacido, la patria de papá y de mamá… y las últimas palabras de su madre le vinieron a la mente:

Regresen a El Embrujo, regresen a El Embrujo.

…y entonces, de golpe, comprendió que ese viaje era inútil. Su padre no estaba en Brujas. Su padre estaba en El Embrujo.

—Andriev, detén el auto.

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