Episodio 5:

5. A través de la bruma

La neblina que se levantaba de los canales a esa hora de la noche era densa y blanquecina. Una bruma que avanzaba lentamente, contorneándose entre las apretadas callejuelas, se abría paso ante cada apertura, arrimándose hacia los muros en un abrazo húmedo que empapaba de rocío los adoquines de las calles grises y devoraba las luces de los faroles de hierro apostados en las casas.

Todos los pasajes por donde transitaban acababan en bifurcaciones que daban paso a nuevos callejones que no se extendían más de cien metros antes de convertirse en nuevas desviaciones. Y así otras. Y otras.

A ambos costados, los flanqueaban casas de ladrillos rojos y marrones, alguna de cal blanca, de no más de tres pisos de alto y techos planos. Era el sector más antiguo de la ciudad, las casas que habían sido construidas y habitadas por campesinos mucho antes de que llegara la acomodada burguesía.

Avanzaban a través del laberíntico plano de Brujas guiados por Pascualina.

Llevaban ya una buena media hora caminando aunque la distancia que los separaba de la casa de su abuela se podría haber recorrido en diez minutos, pero esa bruma y esa noche les hacía difícil avanzar. El rumor de sus pisadas se perdía entre la niebla, pero cada paso se hacía pesado porque la suela de sus zapatos parecía pegarse a los adoquines al andar. Era inútil querer darse prisa.

El clack- clack- clack incierto del bastón de Manfred contra las piedras era el único sonido que rompía el solitario silencio de ese pueblo medieval dormido.

La siguiente calle en la que se adentraron los sacó por fin a un espacio abierto donde se encontraron de frente con un canal que se extendía perpendicular a ellos, a izquierda y derecha. Recibieron una ráfaga de aire fresco que los liberó por primera vez de la angustiosa opresión en la que se movían caminando a tientas.

Atravesaron el puente de piedra que se arqueaba sobre el canal, y Ludovico se preguntó qué tipo de peces habitaban esos riachuelos. Se inclinó sobre el borde para escanear las aguas, y un pequeño cardumen se agrupó en la orilla para saludarlo.

“¿Cuánto falta?” preguntó Rosamunda.

“Estamos por llegar,” respondió Pascualina con la vista fija al frente.

La joven giró a la izquierda, caminó hasta el final del callejón, luego torció a la derecha y otra vez a la izquierda. Detrás suyo caminaban Andriev y los chicos, y unos diez pasos más atrás, Libia y Manfred.

¡Track!, resonó el bastón en medio de la noche y unos cuervos negros que no habían visto antes emprendieron el vuelo. Todos se giraron hacia Manfred, excepto Pascualina.

“No pasa nada, no pasa nada,” explicó Libia, agachada, intentando con sus dos manos desatascar el bastón de Manfred que por tercera vez se había hundido entre las comisuras de los adoquines.

Ludovico soltó una carcajada, divertido por la actitud de Libia, pero Andriev contempló a los dos ibrida, pensativo… No había nada que ese chico ciego pudiese aportar aquí, solo serviría para retrasarlos.

Pascualina seguía de espaldas a ellos, absorta en una pequeña plaza rectangular bordeada por columnas que se unían por lo alto en arcos, formando un semicírculo tras otro. El lugar le trajo recuerdos de su última visita a Brujas, muchos años atrás. Una fiesta de disfraces al aire libre, una capa de tela verde ondeando en su memoria. Jan. Lo había conocido ahí, escondido al comienzo en un disfraz de aldeano y luego usando uno de zar ruso. Lo conoció bailando y riendo junto a sus primos Sybille y Max, y se enamoró de él al verlo alegrar la vida de tantos niños moribundos en el Hospital de Oncología Infantil con su compañía itinerante de marionetas.

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