Episodio 1:

1. En el refugio familiar

La radio estaba encendida. El presentador de una emisora local advertía sobre la llegada de un frente de mal tiempo, con lluvia y un frío inusual para la época, así que Pascualina chequeó que su ventana estuviese cerrada. Luego cambió el dial hasta que sintonizó algo de música y regresó a las decenas de fotos desparramadas sobre la cama. Sonaba I feel it coming de The Weeknd.

Miró su reloj por tercera vez y suspiró. Su padre debería haber llegado hace horas. Intentó llamarlo, pero aparecía una y otra vez la grabación de “fuera de la zona de cobertura”. Nunca acordaron un horario fijo de encuentro, es cierto, pero se preocupó cuando no apareció en la puerta para recibirla, como ella habría querido. Tampoco se había ofrecido a esperarla en la estación de trenes. Pascual Della Calabazza estaba inubicable, siendo que congregar de improviso a toda la familia en esa casa de campo a las afueras de Amsterdam había sido su idea, y más temprano que tarde tendría que explicarles por qué. A Pascualina solían divertirle esas inesperadas invitaciones de su padre, pero esta vez el misterio no se sentía divertido, sino apremiante. Forzado.

Admiró el abultado y gastado bolso de cuero junto a su cama. Viajar estaba en su adn. Era su herencia, la de su padre. Los Della Calabazza jamás dejaban de moverse. Cambiar continuamente de casa, de escuelas, de idioma o de amigos a causa del trabajo de don Pascual, había forjado la identidad de cada miembro de su familia, sobre todo de ella, la primogénita. Había aprendido a encontrar comodidad en el cambio constante, incluso placer. Ya eran decenas los países y ciudades en los que había vivido, estudiado, amado… Y cuando sus padres y hermanos finalmente se establecieron en Holanda, ella siguió moviéndose.

Pascua revisó el calendario en su libreta y calculó cuánto tiempo llevaba fuera de casa: cuatro meses. Ir de tren en tren por Europa había sido una inusual terapia psiquiátrica que la alejó de su familia pero la acercó a sí misma, tras esos difíciles días en que sus episodios de desmayos y pérdidas de memoria se hicieron más agudos. No le había quedado otra opción que buscar ayuda, y su terapeuta, el doctor Jacques Charcot, le dio en ese entonces un particular consejo para poder sanar: debía regresar a aquellos lugares que le eran conocidos y queridos, que dejaron alguna huella en su vida, pues así los recuerdos resurgirían y encontraría la paz otra vez. Pascualina tuvo miedo, no sabía con qué se iba a encontrar al escarbar en su pasado, pero aceptó las instrucciones del médico. Tomó su bolso, eligió un cuaderno y comenzó a relatar su vida en orden cronológico durante ese viaje de meses, deteniéndose en cada esquina que le parecía importante.

Y funcionó.

Su adolescencia en París, las clases de arte en Alemania o el desamor en Barcelona, todo comenzó a aparecer en su mente con la claridad que necesitaba. Era como un milagro. Con fotos y objetos familiares que su madre le envió en cajas cuidadosamente selladas, más algunos paseos por las calles correctas, Pascua reconstruyó con entusiasmo cada hito en su vida, cada persona que llegó o se marchó y cada sitio al que juró regresar o nunca más volver. Sólo bastaba escarbar un poco ya que todo estaba ahí, cada detalle de la osadía que fue crecer mientras se convertía en una ciudadana del mundo. Y en el intertanto, no había vuelto a desmayarse. Sentía que por fin su salud emocional llegaba a ese punto de equilibrio que había anhelado por mucho tiempo…
Hasta que el mismo tratamiento que le había devuelto la alegría, la sumergió en el mayor misterio de todos: darse cuenta que no tenía recuerdos, ninguno, desde los trece años hacia atrás.
Mientras escribía su bitácora, fue la primera vez en que realmente pensó en eso. ¿En qué momento su infancia había desaparecido de su mente? ¿Era otra consecuencia de sus recientes vahídos, o llevaba muchísimo tiempo así, sin notarlo?
Con esfuerzo, descubrió que sus memorias más antiguas comenzaban en París. Recordaba a sus hermanos muy pequeños e inquietos, y a su padre ansioso, intercambiando miradas tensas con su madre, pagando un hotel al paso pues habían viajado tan rápido que no tenían una casa dónde llegar. Recordaba haber llegado en tren desde Estambul, pero esas calles, esos amigos o vecinos, ya no existían en su cabeza. ¿Qué dejó allá que no podía ver? ¿Había algo antes de Turquía? ¿Dónde estaba la dicha por el nacimiento de Aldonza, Ludovico o Rosamunda, la primera vez que subió a un árbol o cuando aprendió a sumar? Por más que se concentrara y siguiera el rastro, era como caminar entre una niebla espesa donde no lograba distinguir ni sus propios pies.
Entonces comprendió que alejarse de su familia era alejarse de sus raíces, esas que ahora estaba desesperada por recuperar. Si no hubiese viajado estos últimos meses, no habría entendido con tanta claridad que necesitaba regresar a su hogar, detenerse, aquietar esas ganas de movimiento para calmar su corazón y encontrar las piezas que faltaban. Las respuestas no estaban en su cabeza, pero sí en las de sus padres, Pascual y Estelina Della Calabazza. Sólo tenía que preguntarles, pedirles que revivieran sus recuerdos para que ella despertara los suyos. Ellos eran su esperanza.
Pero, ¿dónde estaban ahora?
Su celular tenía muy mala recepción ahí, pero volvió a revisarlo por si su padre hubiese llamado. Nada. Tampoco su madre. Tenía tantas preguntas para ellos que comenzó a escribirlas. Estaba sola en una casa alquilada con un propósito desconocido, escuchando música de una radio local, esperando a dos adultos que tenían todas las claves de sus vacíos, a tres niños cuyas risas le alegraban el alma y…
A Andriev.

Tan pronto escuchó el sonido de un auto acercándose, Pascualina detuvo el lápiz en el aire. Su libreta quedó abierta sobre la cama. ¿Hace cuánto que no lo veía? Se acercó al ventanal y lo reconoció tras el velo. Se prometió que no bajaría corriendo, pero sintió su corazón acelerarse como en cada reencuentro y saltó las escaleras de dos en dos. No llevaba zapatos.
Olvidó que estaban en temporada de ventiscas y sólo tomó una bufanda para salir al porche. Percibió de golpe el cambio de temperatura en sus pies. Al fondo, un joven alto y trigueño sacaba una maleta desde los asientos traseros de un sedán azul. Atlético, de brazos fuertes y movimientos seguros, tenía el cuerpo de un modelo de revistas pero el carácter de quien comanda una legión.
—¡Andriev! —exclamó Pascualina, recorriendo los últimos metros hasta abrazarlo.
Sonrió al verla. Se dejó abrazar y la besó. La estrechó con fuerza. Luego se quedaron en silencio unos segundos, él apoyado en su cabello negro y ella con su mejilla contra la solapa de su chaqueta de cuero. Escuchaba su corazón. Hacía frío. Olía a bosque. Cuando debían separarse, le decía “te extraño” tantas veces a la semana que al tocarse estaba implícito.
—¿Soy el primero en llegar?
—Lo eres —respondió Pascua, sonriendo con los ojos cerrados—. Papá y mamá deben estar por llegar.
Faltaban un par de horas para el anochecer. En ese lugar a las afueras de Amsterdam no había tendidos eléctricos ni bares ni semáforos ni wifi: estaban en la campiña, con bellos molinos en los prados, rodeados de bosques e iluminados por faroles de fierro de algún siglo pasado, pero alejados de la civilización. Para Andriev, tenía mucho sentido que Pascual los hubiese citado ahí.
Ella lo sacó de sus pensamientos.
—¿Hablaste con papá?
Él tomó su mano y la besó. Sus dedos se congelaban.
—No te preocupes, todo estará bien.
Las respuestas evasivas no eran su estilo, pero en ese momento Andriev no tenía opción. A Pascualina no le gustaba insistir, actitud que aprovecharía para no sentirse obligado a darle explicaciones… por ahora. No podía decirle qué había conversado con su padre en el aeropuerto cuando apareció sin aviso hacía un par de horas, esperándolo al bajar del avión. No podía sin su permiso. No hoy.
Quería ganar tiempo. Miró hacia el suelo y notó que Pascua estaba descalza, protegida únicamente por unos calcetines de lana ya humedecidos. Entendió por qué tiritaba.
—¿Buscabas resfriarte?
—Te buscaba a ti.
Andriev le sonrió otra vez, permitiendo que ella admirara sus ojos azules, cejas gruesas y mentón fuerte, rasgos severos pero perfectos. Rodeó su delgada figura con sus brazos y la cargó hasta el porche. Ella, agradecida y mimada, no se resistió, aunque pudo percibir cuán cansado estaba tras el viaje. Luego él volvió por sus maletas y caminó sin prisa hasta la casa, dejándolas junto a la puerta principal.
La chimenea estaba encendida; podía oír el crack de la madera en las llamas y sentir el calor en su nariz. La decoración era acogedora, muy luminosa, con un pequeño pianoforte cerca del ventanal. Sería un lugar encantador para unas tranquilas vacaciones. Lástima que no estaban ahí para eso.
—¿Cómo dormiste hoy? ¿Algún sueño que quieras contarme?
Desde que la dejó en la casa de sus padres en Amsterdam y él debió regresar a San Petersburgo, hablaban por teléfono casi todos los días. Así se sentía menos culpable, ya que las pérdidas de memoria de Pascualina eran un tema delicado y él no podía estar ahí para protegerla. De todas maneras, lo tranquilizaba que Estelina estuviese muy pendiente, conteniéndola como sólo una madre sabe hacerlo, y entre ambos monitoreaban el “viaje terapéutico” que hizo por Europa en busca de sus memorias. En terreno conocido, ambiente conocido, quizá sus crisis comenzarían a aminorar…
Pascua no había confesado a Andriev que su infancia se había desvanecido de su mente, y no estaba tan segura de querer hacerlo aún.

Se quitó los calcetines y los dejó junto a la chimenea. Subió por un par limpio a su habitación y cuando regresó se sentó junto a él en el sofá de la sala. Lo observó un momento, sin saber qué decir. Siempre tan serio, tan preocupado. Tan lejos y, a la vez, tan cerca. La misma pregunta todos los días: “¿Cómo dormiste?”, como si fuese más su enfermero que su novio. Ella, sin ganas de responder eternamente los mismos monosílabos, prefería animarlo, decirle que se sentía mejor, que lo peor ya había pasado. Le partía el corazón preocuparlo a la distancia. Andriev ya tenía suficientes problemas en Rusia, administrando una peligrosa área de la agencia federal que ponía su vida en riesgo constantemente. Dadas sus extrañas crisis nerviosas, Pascua se sentía como una molestia para él y no como un descanso, un alivio. Quería que en cada reencuentro los ojos de Andriev demostraran serenidad, alegría, pero siempre había ahí una sombra de pesar, de desvelo propio de un guardián. ¿Y si ella no quería un guardián? ¿Y si en lugar de decirle “cómo dormiste” sólo se acercaba, la besaba apasionadamente y veían el tiempo pasar?
—Dormí mejor —respondió Pascualina por fin, sonriéndole a medias. Él levantó una ceja, ya aprendiendo a identificar ese tono de “no estoy diciendo toda la verdad”.
—Pero…
—Pero… —repitió ella, reticente—…volví a soñar con esa chica.
“Esa chica”. Andriev había perdido la cuenta de cuántas veces “esa chica” había aparecido en sus conversaciones.
—Sigo sin entender por qué estás obsesionada con ella.
—¡No soy yo! —se defendió Pascua—. Nunca pienso en Libia, pero apenas me quedo dormida es como si su rostro me buscara.
—Sé que dices que nunca más volviste a verla, pero quizá sí y lo olvidaste…
Bajó la cabeza. Se habían conocido en un curso de Códices Medievales en Alemania hace varios años, pero sus caminos se separaron. O al menos eso creía Pascua. Tenía que aceptar que haber olvidado un encuentro posterior era muy posible.
—Sueño que estamos en un pantano, como en mitad de la selva. Estoy en un bote pero no se mueve —comenzó a explicar—. “Dime lo que sabes”, me grita ella, lanzando unas velas a mis pies. Trato de decirle que no lo haga pero no me sale la voz. El piso de madera se quema, suben las llamas y no sé por dónde salir…
Andriev estiró su mano y acarició la mejilla de Pascualina. Sabía que relatar esas cosas podía alterarla fácilmente, pero él necesitaba información para poder ayudarla.
—Dijiste que averiguarías su apellido la última vez que hablamos. Quiero investigarla, quizá encontrarla.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Decirle que salga de mis pesadillas?
—Sólo quiero saber más. No hace daño saber un poco más, ¿no?
Ella suspiró, sonriéndole.
—Livanov. Libia Livanov.
Andriev sacó una pequeña libreta del bolsillo de su chaqueta y anotó el nombre. Pascualina amaba esos detalles. Era curioso como él mantenía gustos análogos y tampoco había sucumbido a la moda de los smartphones. Ella tenía una buena excusa: cuando aún vivía con sus padres, estos no les permitían a sus hijos tener teléfonos inteligentes “rastreables”. Por más que sus hermanos Aldonza y Ludovico protestaran al respecto, para Pascualina tal decisión era perfecta, pues se sentía libre sin esos aparatos que parecían controlar la vida de las personas, por lo que incluso cuando ya había dejado la casa familiar, siguió manteniendo la misma práctica. Para conectarse a Internet, su notebook era suficiente. Su pequeño Nokia 3310 le permitía realizar llamadas y enviar mensajes de texto, y es todo lo que necesitaba en su bolsillo. Andriev también. Ese ‘desprecio’ tecnológico los hacía sentir en sintonía, como estancados en un romance noventero.
Pascua se acercó más a él y apoyó la cabeza en su hombro. Necesitaba sentirlo tanto como escucharlo.
—Cuéntame, cuéntame de tu semana.
—No me ha sucedido nada que no sepas, Paska —dijo él, acomodándose en el sillón y respirando hondo. Se restregó los ojos. El cansancio se notaba en sus párpados y en su voz.
—Me refiero a tu última misión, los paisajes bellos de Dubai…
—Ya te conté sobre eso, ¿no?
—Sí, pero por teléfono. No es lo mismo. Cuéntame de nuevo.
—Todo lo que era interesante de compartir ya lo sabes. Hasta envié fotos a tu mail —comentó. Pascua entornó sus grandes ojos verdes—. Lo recuerdas, ¿cierto?
—Sí, Andriev, sí —respondió ella, rindiéndose—. No necesitas preguntarme a cada momento. Me haces sentir como una niña.
Pascualina se reincorporó del sillón y caminó hasta la cocina. Él se levantó, la siguió, y la encontró buscando algo innecesario en el refrigerador. Tuvo un pequeño escalofrío cuando lo sintió tras ella, tomándola desde la cintura y acercándola a su cuerpo.
—Siempre serás esa niña que un día besé en el Puente de la Torre en Londres —le dijo, casi al oído. Ella sonrió—. No puedes culparme por preocuparme. Esta relación a distancia es difícil para ambos.
—Lo sé…
—Aún no sanas del todo y yo no he estado aquí para ayudar. Déjame hacerlo. Además, ahora eres mi responsabilidad.
—¿Tu responsabilidad?
Volteó sorprendida, lista para escuchar una explicación al respecto, pero unos neumáticos avanzando en el sendero de tierra los interrumpieron.

Pascualina se quedó sola en la cocina, tratando de adivinar qué quiso decir Andriev, observando su paso firme hacia el porche y escuchando voces familiares colándose desde el patio. Una conocida camioneta gris se había estacionado justo frente al ventanal de la sala, decorada con stickers de Amsterdam, Praga, Moscú, Murcia y el Instituto de Astronomía de la Universidad de Bélgica, fiel en todas las aventuras trotamundos de la familia Della Calabazza.
—¡Hey, Andriev! No sabía que venías —lo saludó Ludovico. Su voz era la de un sereno chico de doce años, pero demostraba fuerza al estrechar su mano. Se sonrieron. Apenas unos pasos tras él, como una curiosa escolta, una pequeña niña de ojos negros y abultada melena rizada traía a rastras una mochila escolar.
—Hola Rosamunda —saludó Andriev, inclinándose un poco, pero ella sólo movió sus pobladas cejas y siguió de largo.
Él suspiró. Era una chica rara, debía admitirlo, pero prefería guardarse su opinión. Una niña que a su edad casi no habla y siempre tiene cara de pocos amigos era, por seguro, un tema sensible en la familia. Siendo justos, él en sí mismo ya era un tema sensible para ellos, sobre todo por las situaciones insólitas en las que había involucrado a Pascualina, así que no tenía derecho a hablar de rarezas.
—Tiene hambre —la excusó Estelina, apareciendo por un costado de la camioneta. Su rostro calmo siempre asomaba en el momento exacto— …y no te ve hace mucho. Déjala que coma algo, y si te ofrece un trozo de lo que sea que encuentre en la cocina, recuperaste su amistad.
Andriev sonrió a medias. El momento era incómodo y él agradecía que ella hiciera un esfuerzo por aligerar el ambiente. No importaba cuánto tiempo llevara junto a Pascua: seguía siendo un joven extraño con un acento árido y un trabajo riesgoso que lo mantenía alejado por demasiados meses al año como para ser bienvenido en la familia, una donde todas las decisiones las tomaba Pascual.
—No fue fácil pero conseguí un permiso indefinido. Estoy aquí para quedarme —afirmó él, arreglando su camisa y subiendo el mentón.
Ella le sonrió con ternura.
—Eres un joven valiente y lo aprecio. Aunque no lo creas, me alegro de que estés aquí.
—No me quedo sólo por Paska…
—Lo entiendo, Pascual me lo dijo.
—¿Qué te dijo, mamá?
Pascualina les sostuvo la mirada desde el umbral de la casa con auténtica curiosidad. Dos días antes de que ella llegara a Amsterdam, Pascual le dejó un mensaje en su casilla de voz pidiéndole que se refugiara unos días a las afueras de la ciudad, que esperara por Andriev y que siguiera las instrucciones de su madre. Le dio la dirección de la casa y colgó. El audio era un poco tosco y críptico, pero Pascualina prefirió no cuestionar el motivo. Su padre seguía sin aprobar del todo su noviazgo, así que sumar a Andriev a esta reunión era una muy buena señal de tregua que no quería desperdiciar con preguntas innecesarias.
Los tensos segundos que siguieron después fueron muy elocuentes. En el jardín, Estelina y Andriev se miraron. Él bajó la cabeza. Ella caminó hasta la casa y abrazó a Pascualina sin palabras, sonriéndole. El tiempo sin verse se había hecho eterno. Pascua estrechó a su madre con gratitud, cerrando los ojos. Andriev recogió el bolso de mano que Estelina había dejado en el suelo, cruzó el porche y siguió a madre e hija hasta la sala. Ninguno dijo nada y Pascualina, atenta, sintió por primera vez algo apretado en su corazón. Algo parecido a la sospecha.

Cerró la puerta para que no escapara el calor de la chimenea. Se apoyó en la manija de bronce, dándoles la espalda.
—Háblame, mamá.
—No hay mucho qué contar —respondió ella, quitándose el abrigo. Andriev la esperó y lo tomó para dejarlo en el perchero de la entrada—. Esperaremos a que regrese tu padre.
—¿Y cuándo regresa?
Estelina utilizó su respiración como una pausa.
—Pronto.
Andriev colgó el abrigo y pasó junto a Pascua. Ella tomó su brazo.
—Hablaste con papá, ¿verdad? ¿Te dijo cuándo vendría?
Él evitó su mirada.
—Me dijo que si nos mantenemos todos juntos, estaremos bien.
—¿Por qué? ¿Pasa algo malo?
—Yo creo que sí —intervino Ludovico, sentándose en una esquina del sillón. Rosamunda ocupó inmediatamente el lugar a su lado, mordiendo a dos manos una hogaza de pan—. Estaba muy raro cuando habló con Aldonza.
—¿Y cómo sabes eso? —se sorprendió su madre.
—Hace unos días Aldo llamó desde un teléfono público. Quería hablar con papá. Le pasé el auricular y me quedé en la puerta. No sé qué le dijo pero estaba preocupado, porque le contestó que tuviese cuidado y que confiaba en que ella “los encontraría a todos”. No sé a qué se refería.
—No es correcto escuchar conversaciones ajenas —se molestó Estelina, aunque sólo podía notarse en su voz, ya que su rostro permaneció en un gesto neutro.
Ludovico se encogió de hombros y Rosamunda lo imitó como un espejo. Él no creía haber hecho algo malo.
—Papá no me regañó. Cuando colgó el teléfono me abrazó, me dijo que tenía algo importante que hacer pero que era por nuestro bien. Que no dejara sola a Mundita. Viaja a conferencias todo el tiempo pero esta vez sonó como si se estuviese despidiendo —recordó, apenado.
—¿Dónde está Aldonza, Lu? —preguntó Pascua, apremiando a su hermano con la mirada mientras tomaba un lugar en el otro sillón frente a ellos. Su madre acariciaba el cabello furiosamente rizado de Rosamunda. Entreabrió la boca, parecía que iba a decir algo… pero no.
—Fue a Bulgaria por un paseo de su escuela —respondió Ludovico—, pero no volvió el día que dijo que regresaría. Esa fue la noche en que habló con papá. Lo llamó desde una estación de trenes, pero no le pregunté cuál.
Pascua movió la cabeza. Su hermana de quince años estaba en un paradero desconocido pero a ninguno de los adultos presentes parecía preocuparle. ¿Tendría dinero para regresar? ¿Estaba en buena compañía? Su padre ni siquiera había puesto objeción, hasta parecía de acuerdo. ¿A quiénes le había encomendado “encontrar”?
—Cuando llegué aquí, el administrador me dijo que esta casa estaba alquilada desde hace meses a nombre de Pascual Della Calabazza. Lo que sea que esté pasando ya estaba planeado con mucha anticipación —concluyó Pascualina. Buscó la mirada de Andriev. Su gesto de distancia comenzaba a ceder— …¿verdad?
—Paska, tu padre…
Estelina se levantó del sofá e interrumpió a Andriev con una mano en el aire.
—No hay de qué preocuparse. Vayan a sus habitaciones, desarmen sus bolsos y acomódense. Estaremos un tiempo aquí. Mientras tanto yo prepararé algo de comer, ¿les parece? Anunciaron lluvia para esta noche así que pensaré en algo caliente y delicioso para todos.
—Papá está en problemas.

Rosamunda habló y todos voltearon. La más pequeña de la familia era silenciosa por naturaleza, dejando que las decenas de matices de su rostro enojado fueran suficientes para comunicarse. Sólo hablaba cuando era estrictamente necesario, casi urgente. Como ahora.
Pascua evocó la imagen de su padre, la última vez que lo vio, sonriente y cálido. Hablaron del clima, de cuándo vencía su pasaporte, de si se estaba alimentando bien. Se despidieron como siempre, y luego, días después, le deja un árido mensaje de voz. Nada más. Por primera vez, sus dudas se transformaron en miedo. ¿En qué problemas podía estar él, el imponente, tranquilo y correcto Pascual Della Calabazza?
Pascualina estaba acostumbrada a que su padre llevara una vida monótona y sin sobresaltos. Nunca había tenido motivos para preocuparse por su seguridad. Hasta hoy.

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