Episodio 1:

1. Regreso a Murcia

El ambiente en el interior del vagón del tren con destino a la ciudad de Murcia era taciturno, silencioso. Las noticias e imágenes del atentado de unos días atrás, en los que un tren se había estrellado contra la estación Amsterdam Centraal, aún estaban presentes en los escasos pasajeros a bordo. Casi nadie pronunciaba palabra, como si la posibilidad de una tragedia les hubiese robado las ganas de conversar y compartir entre ellos.

En medio de ese silencio, el avance del tren AVE se manifestaba en el omnipresente zumbido que emitía la máquina al deslizarse por los rieles que cruzaban Europa de norte a sur. Por las ventanas del carro podían apreciarse las pequeñas casitas de ladrillo ocre, típicas en el árido y caluroso extremo austral de la península ibérica. Los rayos del sol comenzaban a declinar en las últimas horas del día, cubriendo el paisaje con la vibrante luz anaranjada del mediterráneo.

Al ver las llanuras del sur de España, Francisco Ballsels pensó en que pese a que regularmente tenía que viajar por toda Europa para administrar las incontables propiedades de su abuelo, era la primera vez en mucho tiempo en que viajaba al país ibérico. En otras circunstancias le habría encantado tomar un desvío y recorrer por unos días las calles de su querida Barcelona en compañía de su novia, Klaire. Le había prometido mostrarle la Casa Milá, pasear por el Parque Güell, conocer la Sagrada Familia, caminar por Las Ramblas a la orilla del Mediterráneo. Y por supuesto llevarla a conocer la Casa Batlló. Mal que mal, mediante una maraña legal muy complicada, luego de heredar todas las propiedades de su abuelo, él era el propietario de la célebre construcción de Gaudí.

Era una deuda que tenía con ella desde que se conocieron en ese curso de ilustración de textos medievales en Lichtenstein. Algún día, en otras circunstancias, cumpliría su promesa. Pero no en esta ocasión. Este no era un viaje de placer.

Mientras Francisco se encontraba sumido en sus pensamientos, Klaire revisaba su celular por enésima vez.

—Otro mensaje de Libia, confirmando que nos reuniremos en Brujas. Se va a enfurecer cuando no me encuentre allá.

—Libia suele enfurecerse por cualquier cosa —replicó Francisco.

—Pero debí avisarle que no estaría allá cuando ella llegara. No me gusta haberle mentido.

Francisco hizo un gesto de resignación y Klaire dejó el teléfono a un lado, acomodándose en el hombro de su novio, dejando caer la trenza rubia sobre su pecho.

—No podíamos correr ese riesgo, explicó Francisco. Libia sabe que la enfermedad de tu hermana es tu principal preocupación y si te negabas a reunirte con ella y con Pascualina en Brujas, habría sospechado que estabas en algo más importante.

—Y le habría contado a Pascua que el verdadero nombre de tu novio no es Henrí, sino Francisco Ballsels —añadió Aldonza Della Calabazza, guiñándole un ojo a Francisco desde el asiento de enfrente.

—Mayor razón para no decirle nada —El tono de voz de Francisco dejaba bien en claro que no tenía intenciones de continuar esa conversación—. No hasta que cumplamos con esta misión y podamos explicar ciertas cosas en persona.

El nieto de Themistocles Ballsels se acomodó los anteojos y comenzó a redactar un mensaje de texto para avisarle al encargado del grupo que se había quedado en Brujas, que estaban por llegar a destino en Murcia. Una vez listo, presionó enviar.

Observó a Klaire apoyada en su pecho y recordó lo agobiada y confundida que estaba cuando la conoció. La joven estaba sumida en una profunda depresión debido al estado de su hermana Katherine, que llevaba meses en coma. En ese entonces no tenían cómo saberlo, pero Katherine era una de las primeras víctimas de lo que algunos fundadores comenzaban a llamar “la enfermedad ibrida”.

—Debimos tomar un avión —dijo Aldonza, levantándose del asiento y llevando las manos por encima de su cabeza mientras se arqueaba hacia atrás para descontracturar su espalda. Luego se acomodó la chaqueta de cuero, bajo la cual llevaba un hoodie negro, y comenzó a caminar a lo largo del pasillo para estirar las piernas, acalambradas luego de un agotador viaje de casi veinticinco horas, con escasas escalas.

—Pero a Oma Donza no le gustan los aviones —Fue Klaire, al ver que su novio ignoraba a Aldonza, la que respondió.

La adolescente le sonrió con sus vivaces ojos color miel, dándole a entender que su reclamo no era en serio. Klaire le sonrió de vuelta.

Aldonza caminó por el pasillo, aprovechando de revisar su smartphone. Ese que su padre le había prohibido expresamente tener. Era un aparato de alta gama, al que Aldonza le había instalado aplicaciones de primer nivel para garantizar que nadie pudiera rastrearla ni hackearla, lo que sumado al hecho de que usaba una identidad falsa para todo, garantizaba su seguridad. Ahí estaba el mail de Ludovico que había dejado sin responder, por que aunque le doliera, era mejor así. La noticia que habían recibido, que Libia, y su familia iban rumbo a Brujas, le alegraba el alma. Moría de ganas de abrazar a su madre, a Pascua, a quien no veía hace tres meses y a los pequeños… No sabía el motivo del cambio de planes, pero la esperanza de verlos y poder, de una vez y para siempre, estar todos juntos en esto, le provocaba una alegría y un alivio interior que no podía disimular. Ocultarle cosas a Pascualina había sido algo muy difícil de llevar, que a cada poco la inundaba con una sensación de traición. Por fin todo eso quedaría atrás, en unas cuantas horas. La chica encontró un par de asientos vacíos y se sentó a revisar su perfil de Instagram. Su cuenta de Artilugia tenía algunos “encargos”, que lamentablemente no podría atender estando fuera de Amsterdam. Si bien le divertía esa especie de doble vida, en la que por un lado era una estudiante cualquiera y por otro, una especie de detective secreto que se dedicaba a solucionar problemas cotidianos bajo un alias, esa dualidad le estaba pasando la cuenta.

El mensaje de su novio le echó a perder su buen ánimo habitual. “Tenemos que hablar a tu regreso”. Por supuesto que tenían que hablar, ¿pero qué iba a decir ella?: “Lo que pasa, Mathis, es que no podemos estar juntos ya que pertenezco a una raza de brujos, tengo unos poderes especiales y eso me obliga a meterme en cosas mágicas”. Estaba cansada de tener que fingir ser otra persona.

Francisco se puso de pie.

—¿Dónde vas? —le preguntó Klaire.

—También necesito estirar las piernas —respondió Francisco, con un tono poco convincente. Recorrió el vagón a paso lento, observando a los pocos pasajeros que viajaban con ellos en el coche. Si bien la misión que les habían encomendado era de carácter pacífico, todo había cambiado desde el intento de cruzar el portal en Brujas, lo que había desatado la persecución que terminó con el desastre ferroviario en Amsterdam. Todos ellos tenían presente que la posibilidad de que sus enemigos hicieran acto de presencia era muy alta.

Sin embargo, ninguno de los pasajeros en el vagón parecía sospechoso. Francisco, como todo fundador, podía detectar la presencia de otro fundador en el lugar, por lo que tenía la certeza de que ningún sphinge incógnito viajaba con ellos. Regresó a su asiento y besó a Klaire en la frente.

—¿Todo bien? —preguntó ella.

—Todo bien —le respondió él, sonriendo.

La serenidad de Francisco tranquilizó a Klaire. Ella siempre se sentía segura con él. No solo por su aspecto alto y fornido, de rasgos varoniles y amables, lo que sumado a sus perfectos modales, le otorgaban la estampa de un caballero salido de tiempos antiguos y más civilizados. Eran su temple ante el peligro y su genuina preocupación por los demás, lo que le hacían saber que con él a su lado nada malo podía pasar.

En la pantalla que había sobre la puerta que separaba un vagón de otro pasaban las noticias en CNN con un resumen de lo ocurrido en Amsterdam días atrás. Todos los pasajeros miraban las imágenes en silencio, absortos, sin poder ocultar la aprehensión que les infundía el recordar la masacre. Pese a la angustia que les provocaba no podían quitar su vista de la pantalla. Los subtítulos en la parte inferior entregaban los detalles del hecho mientras las imágenes mostraban a la periodista Nicolette Evelien correr hacia el interior de la estación seguida por su camarógrafo para capturar el preciso momento en que los rescatistas encontraban a la única sobreviviente. La cámara se congeló en el cuadro de la chica que yacía inconsciente entre los escombros. Al verla en la pantalla, Francisco volvió a enfurecerse contra Libia. La impulsividad de esa chica los ponía en riesgo a todos. Tan solo la noche anterior habían tenido que improvisar para recibir a esa peregrinación de ibridas, cual más enfermo que el otro, que se había presentado en casa de Oma Donza. Esperaba de verdad que al llegar a Brujas la controlaran y ya no provocara más desajustes en sus esquemas. Ya no tenían el lujo del tiempo de su parte.

La puerta automática se abrió de improviso con un violento swash que sobresaltó a todos los que viajaban en el vagón. Pero nada más ver a la mujer que apareció por el umbral, los pasajeros se tranquilizaron. La presencia de una mujer alta, activa, alegre e inquieta, les despertaba una simpatía natural. Se veía tan jovial que nadie en el lugar habría imaginado que ya tenía ochenta y tantos años. Tenía el pelo cano y ligeramente dorado, atado con un moño improvisado del que caían algunos mechones sobre su frente, llevaba un chaleco anudado a la cintura y las mangas de la blusa arremangadas.

—No hay ningún fundador en todo el tren, excepto por nosotros dos —le dijo Oma Donza a los tres jóvenes que viajaban con ella—. No tenemos nada que temer, ningún sphinge nos siguió hasta acá.

Francisco asintió, y Klaire se acomodó en su hombro, sintiéndose más segura. Oma Donza tomó asiento en su butaca y Aldonza volvió a su lado.

El tren comenzó a aminorar la velocidad y el paisaje fue cambiando, atrás quedaban las casitas y los arbustos, para dar paso a una serie de construcciones de ladrillo de mayor tamaño. Estaban llegando a la ciudad de Murcia. Aldonza sintió una extraña emoción al reconocer los edificios y calles de la ciudad.

A los pocos minutos, el tren frenó y una voz en los parlantes en el interior del vagón anunció que el arribo se había efectuado sin problemas y que todo estaba en orden en la Estación Murcia del Carmen.

Francisco, intentando que Klaire no lo notara, respiró aliviado. Aldonza, por su parte, se puso la mochila sobre la espalda y se inclinó para recoger un bulto que había dejado bajo el asiento. Era una especie de caja cubierta por una tela que la chica tomó con delicadeza. Espió en el interior de la caja, levantando la tela apenas unos centímetros. Al verificar que todo estaba en orden, bajó la cortinilla y la acomodó en su lugar.

De pie, ya cerca de la puerta de salida, Oma Donza le sonrió a su nieta.

—¿Emocionada de regresar a Murcia después de tantos años?

Aldonza no supo qué responder. Estaba emocionada, sí. Pero las emociones eran muchas y contradictorias como para poder verbalizar algo. Mal que mal, los años más felices de su infancia los había vivido ahí. Finalmente le sonrió de vuelta a su abuela. Una sonrisa nerviosa que era la mejor respuesta posible.

Francisco cargó al hombro el bolso que necesitaban para la misión. Klaire lo tomó del brazo y se arrimó a él, con alivio. Habían llegado a destino sanos y salvos.

Ningún sphinge los había seguido hasta Murcia.

 

La habitación era pequeña y, excepto por un mueble para la ropa, una mesita para comer y una cocina mínima, estaba casi vacía, despojada de toda comodidad o decoración innecesaria. La luz del atardecer se colaba por la ventana sin cortinas, la única en toda la habitación, iluminando a un hombre sentado en posición de loto, en medio de la sala. El sujeto vestía una túnica de lino que dejaba ver su perfecto estado físico. Llevaba horas meditando y su concentración era absoluta. En su frente asomaban pequeñas gotas de sudor que evidenciaban el esfuerzo, aunque su mente en esos momentos era como un mar calmo, carente de la más mínima agitación.

De pronto un pequeña reverberación en la superficie de su mente, como las ondas que hace un guijarro al caer en el agua, lo alertó.

El hombre abrió los ojos, negros como el carbón, y se puso de pie rápidamente. Fue hasta la ventana que daba a la parte trasera de la Estación Murcia del Carmen. Un tren hacia ingreso justo en ese momento. Caminó hasta una esquina y abrió una pequeña caja metálica adosada a la pared. Dentro había un reluciente botón rojo que el hombre apretó con decisión.

Acto seguido, cerró la caja y caminó hacia el otro extremo de la habitación. En la pared había una veintena de fotografías de adolescentes, entre las que destacaban las de Pascualina, Aldonza, Ludovico y Rosamunda, los hijos de Pascual Della Calabazza. Debajo de las fotografías había un mueble de líneas sencillas. Abrió uno de los cajones, dejando al descubierto un bulto de ropas negras, sobre las cuales contrastaba una máscara de bronce cubierta de una pátina de oxidación color verde, con el rostro de un Adonis.

 

Dentro de la estación el ambiente era tenso y confuso, los pasajeros que habían descendido del tren y las personas que habían ido a recibirlos querían salir del lugar lo antes posible. El miedo ante la posibilidad de un nuevo atentado podía respirarse en el aire que compartían.

Como si el ambiente no le afectara el ánimo en lo más mínimo, Oma Donza recorrió el gentío, buscando a alguien con la mirada, y al encontrarlo se le dibujó una sonrisa en el rostro.

—¡Iñigo! —Exclamó, levantando los brazos a manera de saludo—. ¡Tanto tiempo!

Un hombre maduro, de pelo cano y tez morena, le respondió el saludo agitando su mano en alto al otro lado de la estación. Ambos caminaron el uno hacia el otro, encontrándose en un fuerte abrazo.

—¡Donza de Bruyn! —Respondió el hombre— ¡Qué gran dicha la de mis ojos el volver a verte!

Los tres adolescentes se acercaron a los adultos, en silencio.

—Chicos, les presentó a Iñigo Barquín, un viejo y gran amigo. Iñigo, te presentó a mi nieta Aldonza; a Klaire, una de las ibridas que participa en esta misión; y a Francisco…

—Iñigo —dijo Francisco, adelantándose a Oma Donza para estrecharle la mano al español—. Gusto en verte.

—Francisco —respondió el hombre—. Como siempre, es un honor tenerte por acá.

—¿Se conocen? —Preguntó Aldonza, arqueando una ceja exageradamente.

—Por supuesto —respondió Iñigo—. ¿Cómo no voy a conocer al hombre que maneja el imperio Ballsels?

Aldonza abrió los ojos como platos, sorprendida por las palabras del hombre. Por su parte, Francisco sonrió con un leve atisbo de incomodidad.

—Hablar de imperio es un poco exagerado, Iñigo. Digamos que me enorgullece continuar con el legado de mi abuelo.

Iñigo sonrió y le guiñó un ojo a Klaire, que escuchaba la conversación con evidente orgullo.

—No le bajes el perfil, chaval. Es una gran responsabilidad y la llevas la mar de bien. Tu abuelo estaría orgulloso de ti.

—Muchas gracias por tus palabras, Iñigo.

—No tienes nada que agradecerme —respondió el hombre con solemnidad—. ¿Quién iba a pensar que este chaval que apenas si sabia limpiarse la nariz se iba a convertir en un gran hombre de negocios con propiedades en toda Europa?

Al principio ni Francisco ni Klaire supieron cómo tomar las palabras de Iñigo, pero entonces el hombre lanzó una carcajada, tan grande como contagiosa. La primera en echarse a reír fue Aldonza, al imaginarse al compuesto Francisco Ballsels como un niño con los mocos asomándosele por la nariz. Luego fueron Klaire y Oma Donza las que rieron, a lo que Francisco no tuvo más remedio que responder con una risita incómoda.

—¡Vamos, vamos! Tengo el coche en los estacionamientos de afuera y estos bribones cobran los minutos como si fueran horas.

 

El hombre entró en la estación, con la mirada acerada, escudriñando la multitud. Al cabo de unos segundos, se le sumaron en silencio otros dos, vestidos de riguroso negro como él, que habían acudido a su llamado sin dilación. Desde la brecha de seguridad en el Conservatorio de Música de Brujas, días atrás, Antenor había activado todas las alertas para que los agentes repartidos en puntos clave en Europa estuviesen preparados para cualquier actividad inusual de parte de los ibridas o de los fundadores exiliados.

Los tres sphinges caminaron entre el gentío de la estación, con sus máscaras en las manos. Se dispersaron entre los pasajeros que descendían del tren que acababa de llegar, recorrieron el salón principal y los andenes, pero pese a sus esfuerzos, no encontraron rastros de fundadores ni de ibridas en el recinto.

El líder del grupo le hizo un gesto a los otros dos para que salieran de la estación.

La luz del atardecer en Murcia teñía los colores de la Avenida Juan Antonio Perea haciendo que luciesen más saturados. El trajín en el exterior de la estación era más intenso que en el interior. Los turistas se abalanzaban sobre los taxis estacionados en el frontis del edificio, ansiosos por abordarlos y salir de ahí cuanto antes.

El sphinge líder los observaba con desprecio, los humanos comunes eran una débil sombra de lo que era un fundador, sobre todo uno como él, consagrado a los votos sphinge, en perfecto control de sus pensamientos y emociones.

Algo vibró en el ambiente, en la periferia de sus pensamientos y su atención se concentró en un automóvil rojo, que destacaba entre los vehículos apostados en los estacionamientos ubicados a un costado de la estación.

Una adolescente, de desordenados cabellos castaños, dejaba un bulto cubierto con una tela en el maletero del auto. Había “algo” en el interior del bulto que no pertenecía al mundo de los comunes. El hombre se concentró para determinar si la chica era una ibrida. Pero algo aún más fuerte atrapó su mente. Una poderosa presencia en el interior del vehículo. A través de la ventana delantera, el hombre distinguió la silueta de una mujer sentada en el asiento del copiloto. “Aldonza de Bruyn”, dijo al reconocerla.

El hombre de negro no titubeó un segundo y, mientras sacaba un puñal de su chaqueta, echó a correr hacia el sedán rojo.

 

Aldonza subió al automóvil, y se sentó detrás de Oma Donza.

—¿Estamos todos preparados y cómodos? —preguntó Iñigo Barquín, ajustando el espejo retrovisor.

—Listos, sí, pero no sé si cómodos —respondió Aldonza, mofándose de Francisco, que había quedado apretujado en medio de ella y de Klaire, con las rodillas chocándole contra los respaldos de los asientos delanteros.

Al encender el motor, el sonido de la máquina se mezcló con el grito de una mujer afuera de la estación.

—¿Qué sucede ahora? —dijo Iñigo, mirando hacia su derecha a la muchedumbre apostada afuera del recinto. Oma Donza y los jóvenes se giraron en sus asientos para ver lo que ocurría.

Un hombre de negro corría a toda velocidad hacia ellos, sosteniendo un cuchillo en la mano. Oma Donza reconoció su estirpe apenas verlo. Un fundador. Un sphinge imperio, para ser exactos. Todo lo que habían sospechado en Brujas era verdad. Los sphinges estaban ahí. La mujer clavó la mirada en Francisco.

—Tenemos que salir de acá ahora mismo—exclamó.

Iñigo apretó el acelerador a fondo y, esquivando la valla del estacionamiento, salió a toda velocidad a la calle.

El sphinge se detuvo justo al llegar al borde de la acera, mirando al vehículo que pasaba a escasos centímetros suyo, y a los ibridas y a la matriarca de los Della Calabazza que se escapaban en su interior.

Apretó el mango del cuchillo en su mano.

Un ruido de motores a su espalda lo sacó de su ira. Al ver a sus compañeros cruzar delante de él a bordo de sus motocicletas, persiguiendo al sedán rojo, el sphinge corrió a buscar la suya y la echó a andar.

No iba a permitir que los ibridas escaparan.

 

—¡¿Cómo nos encontraron?! —gritó Klaire al ver a los hombres que los perseguían.

—¡Malditos sphinges! —gritó Francisco.

Iñigo miró por el espejo retrovisor. Dos motociclistas estaban a punto de alcanzarlos. Con sus rostros ocultos bajo la visera del casco, era imposible identificarlos. Pero podía sentir su presencia inconfundible.

Uno de los motoristas aceleró. En cuestión de segundos, los alcanzó, rodeó por delante el vehículo y sacó un arma del interior de su chaqueta. Iñigo dio un giro brusco al volante para esquivar al atacante. Aldonza pensó que debieron pasarle por encima, aunque no abrió la boca. Los neumáticos del vehículo chirriaron sobre el pavimento al entrar en la concurrida calle Floridablanca a toda velocidad, en una trayectoria errática y sin control, mientras Iñigo se desplomaba sobre el volante, aferrándose a él con ambas manos.

La velocidad del auto disminuyó. Donza empujó al fundador hacia atrás. El rostro de Iñigo estaba crispado de dolor. Una pequeña flecha sobresalía por el costado izquierdo de su pecho. Una mancha de sangre crecía en su camisa. El sphinge le había clavado certeramente por la rendija de su ventana abierta, un dardo mortal.

Donza posó su mano sobre el pecho de Iñigo, y el flujo de sangre se detuvo.

Los bocinazos y las maldiciones de los otros choferes les recordó que estaban en una arteria de alta velocidad en la hora más alta de tráfico, y los automóviles pasaban furiosos a ambos lados, esquivándolos, salvando milagrosamente de impactar contra ellos.

Francisco se extendió como pudo por entremedio del espacio de los asientos delanteros, intentando tomar el control del vehículo inútilmente.

—¡Klaire! —gritó Oma Donza

Sin dilación, Klaire se inclinó hacia delante y tomó la cabeza de Iñigo, sosteniéndola por las sienes con ambas manos. Los ojos celestes de la joven se volvieron de un azul intenso al tiempo que los ojos de Iñigo se volvían pálidos y ausentes.

—Échate atrás —le dijo Oma Donza a Francisco—. Klaire tiene el control ahora.

La joven ibrida cerró los ojos. Veía lo que el fundador veía, escuchaba lo que el fundador escuchaba. Era ella la que estaba al volante ahora, pilotando un pequeño carro por la avenida más concurrida del centro de Murcia.

Volvieron a tomar velocidad. Sesenta… setenta… ochenta kilómetros por hora. Por derecha e izquierda los otros autos los adelantaban lanzando nuevas maldiciones contra ellos. Klaire aceleró.

Las motocicletas conducidas por los sphinges los perseguían, una detrás de la otra a unos cien metros de distancia, desperdigados entre los demás automóviles. Más atrás, dos patrullas de policía con sus sirenas encendidas se habían sumado a la persecución.

 

—¡Tenemos que salir de esta calle! —gritó Francisco, al ver cómo el sedán rojo se desviaba y pasaba a escasos centímetros de otro automóvil que los adelantaba por la derecha. La chica apretó las sienes de Iñigo, intentando mantener el control en medio del tráfico. Las manos del hombre dieron otro giro a la izquierda para evitar un choque.

—¡Klaire! —volvió a gritar Francisco.

—¡Silencio! —gritó la joven.

Klaire volvió a cerrar los ojos. La calle Floridablanca, abovedada por una hilera de arboles a cada lado, apareció en su mente con total claridad. Estaban por llegar a la rotonda de Plaza González Conde, que más que una rotonda era apenas una curva paralela a la calle, justo antes de que el Parque Jardín dividiera la arteria en dos. No había tiempo de frenar.

Klaire dirigió su concentración al pie derecho del chofer, pisando el acelerador a fondo. El auto comenzó a zigzaguear, evitando a los vehículos que se le interponían en el camino.

Uno de los sphinges se les acercaba peligrosamente. Cincuenta metros… treinta… diez…

Aldonza que no le quitaba los ojos de encima a través de la ventana trasera, vio al hombre meter su mano en la chaqueta y sacar una pequeña ballesta.

Las manos de Iñigo, dieron un violento giro al volante y el automóvil se ladeó, esquivando a una camioneta de doble cabina. El sphingeperdió su oportunidad de disparar. Disminuyó la velocidad y torpemente volvió a guardar el arma para controlar la motocicleta con ambas manos.

Aldonza respiró aliviada sólo un segundo hasta que sintió nuevamente el rugir del motor. El hombre de negro había recuperado su concentración y se abría paso a toda velocidad entre los coches. Adelantó a uno, a dos, a tres, nada lo detenía, la velocidad aumentaba, el rugido era ensordecedor y en un abrir y cerrar de ojos lo tenían inmediatamente detrás.

Volvió a deslizar su mano al interior de la chaqueta. Esta vez tenía un tiro limpio.

Estaba tan cerca que Aldonza podía sentir la textura áspera de su manto negro y la mueca que se formaba en su boca mientras los ojos se le encendían con un brillo triunfante, aunque la visera del casco se los ocultara.

Siguió con la mirada la dirección a la que apuntaba el sphinge. No era a ella. Tampoco era a Francisco. El sphinge apuntaba a la nuca de Klaire. La joven estaba en trance, dirigiendo el vehículo entre el endemoniado tráfico de esa ciudad, e incapaz de saber lo que ocurría a sus espaldas.

Aldonza no lo dudo un segundo y lanzó la mitad de su cuerpo hacia los asientos delanteros, agarró el volante y lo torció a la derecha para tomar la semi curva.

La brusca maniobra hizo que Klaire perdiera el control y que Donza soltara la herida del pecho de Iñigo. El hombre despertó gritando de dolor. Había sangre en su boca. Tomó el volante del vehículo que daba la vuelta a la curva a toda velocidad y amenazaba estrellarse contra un paradero de buses. La fuerza del giro los lanzó a todos hacia la izquierda. Con movimientos precisos, Iñigo controló el volante para impedir que volcaran. No podía frenar ni levantar el pie del acelerador o el auto se iría a la deriva sin control. Tampoco podía girar en sentido contrario porque cualquier movimiento brusco trabaría las ruedas y corrían el riesgo de volcar.

El sedán tardó lo que pareció una eternidad en dar la vuelta a la pequeña rotonda y reaparecer en la calle principal.

Al ver que entraban a Floridablanca de lleno contra el tráfico, Iñigo quitó el pie del acelerador y apretó por fin el pedal del freno.

El sphinge no tuvo tiempo de reaccionar.

La motocicleta impactó contra el capó del sedán y su piloto salió disparado por encima del auto.

En el interior del vehículo, el tiempo se congeló. Sintieron el impacto de la motocicleta y vieron al sphinge volar y caer, todo como en una película en cámara lenta. Ahora sólo se sentía el olor del caucho quemado contra el pavimento, y las expresiones atónitas de los rostros de los conductores que los miraban perplejos desde sus coches.

Un gruñido de dolor de Iñigo volvió a poner el tiempo en marcha. Donza volvió su mano a la herida, aunque sabía que era inútil.

Aldonza, por su parte, se bajó del vehículo a toda prisa. Corrió hasta el sphinge inconsciente en el suelo y le quitó el casco.

—¿Qué haces? —le gritó Oma Donza.

—¡Tomen la Alameda! ¡Nos vemos al otro lado del río! —gritó la chica mientras se deslizaba por sobre el capó.

El rugir de las otras dos motocicletas y de las patrullas que las seguían, comenzaba a aumentar. Los sphinges y la policía estaban cada vez más cerca. Sólo habían inmovilizado a uno de los enmascarados. Quedaban dos por derrotar.

Francisco bajó del vehículo y movió a Iñigo hacia los asientos traseros. Oma Donza se acomodó a su lado y Klaire en el copiloto.

—¡Tienen que salir de aquí ahora! —les gritó Aldonza, mientras levantaba la motocicleta tirada en la calle.

Francisco le hizo un gesto afirmativo y puso nuevamente el auto en marcha en dirección al parque. Al llegar al final de la calle dobló a la derecha, haciendo chirriar los neumáticos.

Aldonza se puso el casco y bajó lentamente la visera negra, dispuesta a enfrentar a los sphinges que se aproximaban.

—¿Qué pretende? —Exclamó Klaire alarmada.

—Tranquila. Ella sabe lo que hace.

El atisbo de orgullo se asomó en el rostro de Oma Donza al observar a su nieta montando la motocicleta del sphinge derribado.

Artilugia es la maestra del disfraz.

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