Episodio 4:

4. «¡Regresen al Embrujo!»

Sentados en la escalerilla del porche, Ludovico y Rosamunda miraban a una curiosa lagartija de tierra. Ya estaba oscuro y la temperatura había bajado bastante, así que a pedido de su madre accedieron a enfundarse en abrigos, gorros y guantes. Desde el ventanal de la sala, Estelina los contemplaba con preocupación y ternura. Nadie en la casa podía dormir; había preguntas sin contestar, un padre ausente y tensión en el aire. No quería obligarlos a ir a la cama. Prefería que se distrajeran un rato aun a riesgo de pulmonía.

Los niños llevaban un buen rato en silencio, tan sólo observando. El pequeño reptil parecía muy interesado en unas gotas acunadas y casi escarchadas entre las hojas de un helecho, parte de los maceteros decorativos de la terraza. Lu pensó un momento y luego fue hasta su habitación en búsqueda de su mochila. Siempre viajaba con ella. Su contenido era sorprendente y diverso; nunca se sabía cuándo unos tubos de ensayo o sales efervescentes podían serle de utilidad. Cualquier evento era una buena excusa para experimentar, aunque ése no fuera su cometido actual.
 
Unos minutos después regresó a sentarse en los escalones y sacó de su mochila un pequeño bolso de cuero que exhibía decenas de diminutos tubos, matraces y contenedores, frascos de colores misteriosos y brillantes, etiquetados con sellos que sólo él podía descifrar.
—Tiene sed —explicó Ludovico a Rosamunda. Ella, a unos meses de cumplir los siete años, estaba siempre atenta a la voz de su hermano mayor. Ni siquiera se atrevió a abrir la barra de cereal que tenía en su bolsillo para no interrumpir—. Ya le dije que no se preocupe, que yo le daré de beber.
Sacó un platillo ovalado y vertió en él un líquido de un frasco azul. Sólo era agua. Luego llamó a la lagartija con su mano libre, como si estuviese frente a un gato o un conejo, y la insólita respuesta de la criatura podría haber sorprendido a cualquiera, pero no a él. Se desplazó tranquila desde el macetero hasta el piso de madera, y de ahí a la escalerilla. Se detuvo en los zapatos de Ludovico y subió por su pantalón hasta la rodilla. Entonces relajó las patas traseras y se inclinó para beber.
 
Con su usual ceño fruncido, Mundita se acercó para mirar mejor. Las dos tenues lámparas del porche no ayudaban mucho y le costaba apreciar los detalles de la figura rugosa y alargada del animal. Puso su nariz muy cerca del recipiente, concentrada, y quizá demasiado, pues a los pocos segundos se oyó un “¡crack!” y el delicado recipiente se quebrajó, dejando escapar el agua. La lagartija corrió y se escondió detrás de un macetero.
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