Episodio 2:

2. Tragedia en Amsterdam Centraal

Una delicada voz femenina sonó en el altavoz, anunciando que faltaban nueve minutos para llegar a la estación.

Eline ignoró el aviso y siguió mirando por la ventana. El vaivén del vagón la tenía un poco adormecida. Su hija Thea, que pronto cumpliría un año, jugaba en su regazo con una muñeca de tela, la que pasaba más tiempo en su boca que en sus manos. El anciano sentado frente a ellas no estaba muy feliz con ese despliegue de saliva, pero elegía concentrarse en el paisaje para no amargarse de más. Si era justo, la niña había dormido casi todo el trayecto desde Amberes y no había dado problemas. No podía quejarse.

Levi Poelmann eligió ese preciso asiento para bajar del tren con mayor facilidad y antes que el resto de los pasajeros. El carro iba prácticamente lleno y su nieto viajaba más atrás con su novia. Prefirió darles algo de privacidad, porque eran de ese tipo de jóvenes que no saben estar sentados uno al lado del otro sin toquetearse. Esta nueva generación lo ponía incómodo. Le fastidiaba toda la situación, en verdad. Sin avisarle por teléfono o por carta, su hija había tenido la graciosa idea de enviar a su nieto a buscarlo para la cena tradicional familiar, tratándolo como un inválido. ¿Qué se habían creído? Él era un viudo perfectamente funcional y estaba orgulloso de ello. A sus ochenta y seis años todavía podía caminar sin un bastón, tomar sus medicamentos sin la ayuda de una enfermera o subir y bajar escaleras sin asirse de la baranda; con mayor razón podía tomar un tren sin un chaperón.

—¿Bajo tu maleta, opa?

Arjan apareció de pronto, sonriendo bajo el jockey de un equipo universitario de Natación. Su novia Irena masticaba un trozo de chicle con exagerada lentitud. Él buscó la mirada de su abuelo y apuntó al equipaje que estaba en la rejilla superior.

—No, no, yo lo hago —respondió Levi, moviendo las manos—. Cuando el tren se detenga.

—Como quieras —respondió el chico, encogiéndose de hombros.

 

En lugar de regresar a sus asientos, Irena se quedó de pie y Arjan tomó el puesto liberado junto a Eline. Le sonrió a la pequeña Thea. Simuló que forcejeaba para quitarle su muñeca, tirando de sus piernas de trapo y sus trenzas de lana en direcciones opuestas. Ella hizo un ademán de ponerse a llorar.

—Vuelve a tu sitio y deja a la niña tranquila —pidió el abuelo, mirando luego a Eline con ojos de disculpa.

La madre se rió. De hecho, le siguió el juego a Arjan para ver quién se quedaba con el preciado y salivado juguete.

—No hay problema. De todas maneras el viaje está por terminar y necesito que la distraigan para que no vuelva a dormirse —explicó Eline.

—¿Sabían que la estación central de Amsterdam se construyó en estilo neorenacentista a fines del siglo XIX?

Era la voz de Irena. Su irrupción dio paso a un silencio incómodo entre los presentes pero que Arjan quebró con una despistada naturalidad.

—Tomó un curso de Historia de Arte Urbano y le gusta decir esas cosas.

Irena sonrió ampliamente y asintió, mostrando el chicle entre sus dientes. Levi y Eline se miraron. Él parecía avergonzado pero para ella era divertido.

—En realidad me refería a otro tipo de distracción, pero gracias. Me fijaré bien en el edificio cuando lleguemos—dijo Eline, en un tono neutral para que el anciano no se sintiese peor.

—Fue construido en 1889 sobre tres islas artificiales con más de ocho mil pilotes de madera, porque el suelo era muy arenoso y…

—Gracias, Irena, gracias —la detuvo Levi, fingiendo que tosía—. ¿No sería mejor que volvieran a sus asientos?

—Aquí estamos bien. Me quedaré cerca para ayudarte con tu equipaje.

Si hubiese podido, el abuelo habría bufado de rabia, pero se limitó a sonreír con los labios pegados. Eline se rió en voz baja, mientras Arjan seguía intentando capturar a la esquiva muñeca de patas largas…

 

Junto a ellos pero al otro lado del pasillo, un hombre de lentes gruesos y peinado perfecto se movió en su asiento para abotonar su chaqueta. Suspiró a la distancia, contrariado. Hacía un rato que seguía los movimientos de Thea con la mirada, despertando en su mente una conversación inconclusa.

—¿Cuándo vas a decidirte? —preguntó al hombre junto a él, de frente amplia y barba frondosa. Le golpeó el brazo para que le tomara atención.

El aludido entornó los ojos.

—No vamos a hablar de eso ahora, Michel…

—Peter, ya no somos los jóvenes de antes. ¿Qué estamos esperando? —apuntó a su derecha, a Eline y su hija, y subió la voz—. Míralas. ¿No quieres eso?

—Es un asunto privado —señaló Peter en un marcado acento británico, sintiéndose observado—. Cuando lleguemos a casa, podemos…

—¡Siempre dices lo mismo!

—Adoptar a un niño es un asunto serio, no los venden en el supermercado —remarcó, ahora visiblemente molesto—. Ser padre es… ser padre es…

—Lo mejor de la vida —respondió un señor desde el asiento trasero.

Peter volteó. Vio al hombre cerrar ruidosamente su copia de De Telegraaf para mirarlo a los ojos.

—¿Qué dijo? No es que no aprecie el consejo de un desconocido, pero…

Lo mejor de la vida —repitió el hombre del periódico, sereno, como si no hubiese escuchado los reparos—. Se lo digo yo que tengo cuatro niñas, una más en camino.

—Yo tengo dos —dijo una voz aguda tres filas más allá, levantando su mano con una manicure francesa que parecía recién hecha. Varias réplicas de “Yo también” se escucharon hasta el final del vagón.

—Yo espero al primero —aportó la mujer tras el abuelo Levi, entusiasta, mostrando su vientre abultado.

El tren seguía en movimiento. Los pasajeros habían comenzado a levantarse para recoger su equipaje de los compartimentos superiores y, sin que se lo pidieran, sintieron el impulso de expresar su opinión sobre el tema en discusión. Padres, abuelos, divorciados, en tratamientos de fertilidad, solteros, solitarios…

Michel miró a su alrededor, sonriendo. El asunto privado ya no era tan privado.

—Hay muchos niños en centros estatales esperando por padres nuevos —mencionó Arjan desde su lado del pasillo, en un tono tímido pero convincente.

A su lado, el rostro de Eline sobresalió en el gentío para sonreír y hacer un gesto de aliento a la pareja en discordia.

—Adoptar es una decisión hermosa, no se van a arrepentir —los animó.

La novia de Arjan, de pie en el pasillo, apuntó a Thea arrugando la nariz. Eline movió la cabeza.

—Oh no, Thea no es adoptada, sólo estaba comentando que…

Irena sacó el chicle de su boca para poder hablar mejor.

—No, no. Me refiero a que… Creo que la niña no puede respirar.

 

La muñeca cayó al suelo.

 

El conducto de ventilación funcionaba perfectamente. No había nada raro en el ambiente, ni humo ni toxinas ni olores pestilentes. Nada. Ese tren de alta velocidad estaba entre las máquinas más complejas y modernas en esa esquina de Europa, con intrincados sensores para reaccionar a las más diversas alertas. Estaba preparado para incendios, terremotos y descarrilamientos. Si algo extraño llegaba a suceder en cualquiera de los vagones, el sistema notificaría al conductor inmediatamente en la pantalla de su cabina. En esa tranquila tarde, no había ninguna luz parpadeando en señal de urgencia.

Y sin embargo, de pronto, los pasajeros del carro número 4 dejaron de respirar.

Con doce años de conducción en líneas ferroviarias, Geert Fortuyn —quien nunca volvió a manejar un tren después de ese día— seguía tarareando su canción favorita con sus manos en los controles, admirando el paisaje y la estación de destino, sin siquiera imaginar lo que ocurría muchos metros más atrás, donde los pasajeros comenzaron a caer como moscas, apretando sus cuellos con desesperación sin entender qué estaba sucediendo.

El oxígeno no se agotaba en el tren, sino en el espacio confinado e íntimo de cada una de sus mentes.

 

Ninguno de los agonizantes la vio llegar, pero Libia Livanov estaba erguida en el umbral del vagón. Apartó de sus ojos los mechones lacios de pelo azabache que no la dejaban apreciar a su oponente. Una leve taquicardia avanzaba en su pecho, pero en lugar de angustiarla, de algún modo la animaba a seguir. La adrenalina de todo esto era un seductor ejercicio. Hasta sintió el deseo de sonreír, aunque no acostumbrara a hacerlo. Con la manga de su vestido, limpió su boca y arrastró el labial violeta oscuro hasta su mejilla, mezclándose con la sangre de su mentón. Dejó un rastro que parecía una marca de guerra.

Al final del carro, en el otro umbral, un hombre sincronizaba su acelerada respiración a la de ella. Su rostro estaba oculto tras una curiosa máscara veneciana, casi macabra, de un inocente querubín renacentista esculpido en porcelana. Una capucha negra y ropas de aire medieval completaban el atuendo que, si bien parecía un disfraz, cargaba la seriedad de una antigua milicia.

La miró a los ojos y se preparó para intentarlo otra vez.

—Ven por las buenas, ibrida

—¡Nunca!

Él inspiró profundo. Levantó su mano con la palma extendida, solemne, sin perder de vista la silueta de Libia entre las maletas y personas que iban y venían… y se debilitaban, y caían…

—¡Sine aere!

Un hombre se desmayó frente a ella. Tenía ambas manos asidas a su garganta, con los labios pálidos y los ojos entornados. En su rostro se había petrificado la sorpresa y el miedo. Tras unos segundos se deslizó torpemente desde su silla, golpeando el suelo como un saco de cemento y obstaculizando el pasillo. Libia entendió que el maleficio del enmascarado había errado una vez más y seguiría tomando víctimas aleatorias. Pronto las alucinaciones se extenderían a todos los viajeros, y una vez desencadenadas no había vuelta atrás. Tendría que pasar sobre sus cuerpos si quería salir de ahí.

El extraño no podía advertirlo a la distancia, pero en cada amenaza invisible Libia comenzaba a temblar. Sentía un escozor en su nariz, un cosquilleo en la tráquea y temía lo peor… pero la concentración habitual en las profundidades de su mente había logrado establecer un buen escudo a las intervenciones de terceros. Ella era experta en eso. Sabía que un sphinge bien entrenado podría dominarla, pero por alguna razón los encantamientos de asfixia de este contrincante en particular no estaban funcionando del todo y debía aprovechar la ventaja. No sabía cuánto duraría esa racha de buena suerte.

— ¿Quieres cargar con todos ellos en tu conciencia? —gritó el sphinge, dando unos pasos hacia delante.

Hablaban y se movían como si estuviesen solos en el carro, como si fuesen paseantes de una dimensión alterna a quienes no les importaba ser vistos, pues no dejarían testigos. A derecha e izquierda se había desatado el caos. En un hilo de voz, una chica embarazada estiró su brazo hacia el recién llegado, pidiendo por ayuda. Él pasó a su lado como una figura imaginaria. Las contorsiones, quejidos y súplicas de los pasajeros no eran más que ruido blanco en sus oídos, como una señal de radio mal sintonizada.

—¿Unos cuantos comunes? —dijo Libia. Miró con displicencia a su alrededor, avanzó dos pasos y saltó sobre el hombre desmayado en el pasillo—. Carga tú con ellos. Que mueran los que tengan que morir.

 

“Todos menos yo”, pensó ella, tragando saliva. Tenía que resistir. Llevaba casi una hora corriendo por un tren en movimiento, escapando de un incansable perseguidor, y sentía que sus pies ya no podían soportarlo más. Tampoco sus pulmones. En realidad, llevaba muchas más horas huyendo, desde que escapó de ese callejón en Brujas con la determinación de llegar a Amsterdam a como dé lugar.

Tuvo la suerte de subir como polizón al tren que la dejaría en la ciudad de Amberes y le permitiría combinar hasta llegar a Holanda. Sabía que perdería tiempo valioso pero no había ningún tren directo a Amsterdam desde la estación de Brujas. En esa pequeña ciudad de Bélgica se encontró con un improvisado carnaval de marionetas que despistó a los guardias de seguridad y le permitió escabullirse hasta el compartimento de equipaje pesado. Nunca había sentido tanto miedo, pero el miedo la energizaba. Se sentía cómoda en la oscuridad. Creyó que ahí nadie la encontraría, pero minutos después, con el tren ya en marcha, dos sujetos enfundados en tétricas máscaras aparecieron entre maletas y cajas con sus manos en alto, listos para atacar.

Logró esquivarlos, no sin golpes, rasguños y caídas en el trayecto, e incluso pensó que los había burlado en la estación de Amberes, pero al subir al tren que la llevaría a Amsterdam escuchó el susurro de sine aere a pocos metros de su escondite. No se detendrían hasta eliminarla del camino. Los sphinges no la dejarían en paz, ni ahora ni nunca, pues la información que tenía en su poder la convertía en una ibrida peligrosa, suficiente para poner un precio a su cabeza.

 

—¡Ríndete, Libia! ¡No tienes a dónde ir!

Estaba agotado. Ella no tenía hacia dónde correr, es cierto, pero él tampoco. No podía volver sin alguna prueba de que el mandato había sido cumplido. El sudor se agolpaba tras su máscara y sentía las piernas a punto de acalambrarse. Jamás pensó que sería tan difícil atrapar a una ibrida. Otros sphinges subieron al tren pero se quedaron atrás; sólo él logró seguirla hasta el último vagón, por lo que no podía abandonar la misión. Quizá lo subirían de rango, quizá lo condecorarían. Quizá lo dejarían ver a sus padres otra vez. El precio valía la pena.

Sus sine aere estaban perdiendo efecto y su prestancia comenzó a flaquear. Sintió la frustración en su mandíbula. Maldijo a los ibrida, raza amorfa sin patria ni norte. No había cómo comprenderlos, cómo adelantarse a sus decisiones o acciones. Su inconsistencia era una amenaza, tanto para ellos como para los comunes. Nunca debieron haber nacido.

—¡Ven por mí!

Libia sabía que provocarlo no era precisamente la mejor estrategia, pero se estaba quedando sin ideas y necesitaba moverse. Él le ganaba en fuerza bruta pero ella en inteligencia. Cada uno avanzó hacia el otro, pisando bolsos, vasos de café, brazos inertes… Debía encontrar la forma de escapar, de evitar ser apresada, aunque arriesgara su vida en el intento.

Entonces ella levantó sus manos. Muy similar al gesto de ataque del sphinge pero acercando las palmas extendidas hacia su propia cabeza, Libia clavó su mirada en él, como dispuesta a materializar una ola gigante de un mar inexistente.

Él se detuvo y soltó una carcajada.

—Acaso crees que puedes…

—¡Somnia atra!

El vagón se fue a negro. Ya no podían sentir el movimiento bajo sus pies. No había ventanas curvas ni butacas ni pasajeros moribundos. Los rodeó un silencio pesado, casi perturbador. El carro se transformó en el salón de una casa antigua, con una decoración excéntrica pero cuidadosamente distribuida. Afuera estaba lloviendo. Un sujeto corpulento de capa negra exhibía una máscara tallada en bronce, simulando los rasgos severos de un hombre adulto. Sostenía con una mano la puerta abierta, y con la otra a un niño de unos cinco años, confundido, arrastrando un bolso de viaje como si no quisiera irse. Más atrás, sentados en el sillón, una pareja evitaba mirar hacia la entrada principal. Él abrazaba a la mujer, y ella, cabizbaja, apretaba un gorila de peluche en su regazo.

—¿Qué es esto? —se asustó el sphinge, tambaleándose. Sintió la angustia en la garganta—. ¡Sácame de aquí!

—¿Tienes miedo? Oh, qué dirían tus superiores de ti —se burló Libia, si bien ella no era visible. Él sólo podía escuchar su voz, abombada y lejana—. ¿Quiénes son ellos? Parece que son tus padres. ¿Por qué guardas este recuerdo como una pesadilla?

—¡Basta! —gritó él, tomándose la cabeza y mirando en todas direcciones, tratando de encontrar la fuente del sonido— ¿Cómo lograste que…? ¡Basta, basta!

—Ajá. Creo que tus padres te abandonaron, te entregaron como tributo a los sphinges

—No…

—Nunca más volvieron a pensar en ti, ¡nunca te quisieron!

—¡NO!

 

Un estallido los sacó del ensueño y ambos volvieron de golpe a la realidad. Libia debió sujetarse a uno de los asientos, mareada, y el joven de la máscara cayó de rodillas. Uno de los ventanales cerca de él se había trizado con escándalo, de techo a piso, pero sin soltar ni un trozo de vidrio. Habían sido instalados con una gruesa película de protección para casos extremos. Una mujer alta y atlética intentó quebrarlo con un palo de golf que encontró entre el equipaje, golpeando varias veces, buscando afuera el oxígeno que no estaba llegando a su pecho. Pero ya casi no tenía fuerzas. Al ver que no podría lograrlo, simplemente se desplomó, convulsionando en el suelo como un pez fuera del agua.

El sonido distrajo al sphinge, quien seguía asqueado y aturdido. Los pasajeros seguían gimiendo y revolcándose en sus asientos, sin encontrar salida al ahogo imaginario que los consumía. El tren rápido seguía firme sobre los rieles en la exigua distancia que lo separaba de la estación de Amsterdam Centraal.

Entonces Libia descubrió el freno de emergencia.

 

Consideró el peligro de su decisión en apenas un segundo, pues no había tiempo para pensarlo mejor. Avanzó apresurada por el pasillo, esquivando a las personas que se abalanzaban hacia ella. Los empujó, aplastó y golpeó con tal de llegar hacia esa esquina siempre prohibida, donde una reluciente manilla roja protegida por una caja transparente y un intimidante letrero en varios idiomas, ofrecía la seductora posibilidad de terminar esa persecución sin salida.

Hasta que sintió un golpe, despiadado y certero en su costado izquierdo, lanzándola contra la pared.

 

Gritó de dolor. El sphinge, aún no recuperado del shock de entrar en su propia pesadilla, había notado el zigzagueo de Libia y adivinó el atajo que tomaría. Se movió rápido, bloqueándole el paso con lo primero que se le ocurrió: el puño. Sus nudillos crujieron pero no le importó, sólo se concentró en el hecho de verla ahí, resentida en el suelo, a punto de ser atrapada y escoltada de regreso al lugar del cual nunca volvería a salir.

Era el fin de la maldita ibrida, o al menos eso creía él.

Libia apenas podía abrir los ojos por el dolor, pero sí pudo ver a un blanquecino y hosco querubín inclinándose hacia ella. Fuera del campo visual de su atacante, estiró su mano y alcanzó con la punta de los dedos una larga viga metálica, pulida, fría pero conocida, antes usada y lista para usarse de nuevo…

El palo de golf creó un swing en el aire e impactó directo en el cráneo del sphinge, quebrando su máscara de porcelana y arrojándolo violentamente contra la puerta automática de salida. El bastón rebotó en el piso y Libia no podía creer lo que había hecho. Fue un movimiento perfecto, uno que nunca habría podido planear.

 

Se levantó como pudo y se acuclilló junto a él, con un gran dolor que parecía una costilla rota. Puso una mano sobre su máscara, quitándole lo que quedaba de ella. Ese rostro desnudo y sangrante la hizo sonreír, por fin, de odio y suficiencia.

El sphinge podía volver en sí en cualquier minuto, pero entendió que no era su mayor amenaza ahora. A través de la puerta vidriada que conectaba un vagón con el otro, alcanzó a divisar a dos figuras enmascaradas que se acercaban corriendo por el pasillo. Corrían hacia su vagón. Hacia ella.

Libia regresó sobre sus pasos. El freno de emergencia estaba por fin a su alcance.

Al diablo.

Quitó la caja de seguridad, asió la manilla roja con ambas manos y tiró hacia abajo con las fuerzas que le quedaban. De inmediato se disparó una alarma. Un ruido insoportable llenó cada esquina, metálico y agudo, y la sacudida fue tan bestial que arrastró periódicos, maletas y cuerpos en todas direcciones. Desde ahí podía ver las chispas que comenzaron a saltar desde los rieles hasta las ventanillas, vibrando como si fuesen a explotar. ¿Podía descarrilarse un tren como ése? No hubo más gritos, pues ahí ya nadie podía usar su voz. Esos segundos de silencio la disponían a cerrar los ojos y esperar, pues lo peor estaba por venir.

Se protegió tras un asiento y pegó su espalda a la pared, preparándose para el golpe final contra las barreras de contención del andén. 5, 4, 3…

 

Una muñeca de tela, sucia y pisoteada por pasajeros agonizantes, se deslizó hasta los pies de Libia. Su deliciosa taquicardia se convirtió de pronto en un bombeo silencioso de culpa. A mitad del vagón, una pequeña niña moría en los brazos de su madre.

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