Episodio 3:

3. Una puerta con dos destinos

Pascual della calabazza cerró hasta el último botón de su abrigo y metió las manos en sus bolsillos. La tarde estaba fría en Brujas. El tren llegó a tiempo a la estación y desde ahí eran sólo quince minutos a pie hasta su destino. No llevaba maleta. Arrugaba en su puño un papel con la dirección, ansioso, reconociendo la sandez de escribir palabras que sabía de memoria.

Vio su reflejo en un charco del asfalto y se irguió. Hombros atrás, mentón arriba… como le enseñó su padre, como el padre de su padre le enseñó a él. Los Della Calabazza llevaban su altura como un estandarte; nada de qué avergonzarse, nada que esconder.

 

La brisa le hizo perder la sensación del tiempo y llegó hasta la iglesia de Sint-Jacob en un pestañeo. Era una magnífica construcción gótica erigida en 1240, cuyas melodiosas campanas sonaban cada una hora y se escondían bajo bellas molduras rocosas. En pocos minutos comenzarían a repicar, y aunque Pascual amaría volver a escucharlas como antaño, no estaba seguro de poder esperar. Su verdadero objetivo estaba al otro lado de las murallas.

Rodeó la iglesia y cortó camino por un pequeño callejón lateral que terminaba en la transitada vía de Sint-Jacobstraat. Respiró hondo y se detuvo. Sintió su corazón latir con fuerza. Reanudó el paso, lento calle abajo, hasta que el murmullo de contrabajos se hizo suficientemente claro. En un antiguo edificio del siglo XVIII, hoy reconocido como el Conservatorio de Música de Brujas, había alumnos practicando con esos grandiosos instrumentos en el salón que daba a la calle. Intentaban seguir el ritmo de la partitura, y su profesor, un sujeto de baja estatura y pronunciada calvicie, no estaba contento con el resultado. Les hacía repetir una y otra vez la obertura de la pieza.

Pascual sonrió. Recordó que su padre alguna vez lo instó a practicar el piano, pero él siempre se negó. Creía no tener talento para la música, pero nunca lo intentó lo suficiente. Su interés estaba en las estrellas.

 

Uno de los estudiantes captó al hombre que los observaba, dejó de tocar y le hizo señas a su maestro. Él volteó, interrumpiendo la música del grupo para encontrarse con los ojos de Pascual tras el ventanal.

Se miraron intensamente.

El instructor belga se quitó sus anteojos con pulso tembloroso. Sin explicaciones, ordenó a los jóvenes que se tomaran cinco minutos de pausa, lo que causó un evidente alivio en ellos. Dijo que regresaría pronto y entonces abandonó la sala. Apenas unos segundos después, la majestuosa puerta principal de Sint-Jacobstraat 27 crujió al abrirse bajo el añoso y espléndido arco de piedra que la cobijaba.

Custos Beschermen salió tras ella y la cerró.

—Estabas muerto —pronunció él, conmovido. Se acercó un poco, analizando al recién llegado palmo por palmo, dudando de que realmente estuviese ahí—. Nos dijeron que estabas muerto.

—Lo estoy para algunos —respondió Pascual—, pero ya era hora de revivir.

 

Custos no aguantó más y lo abrazó. Pascual era tan alto comparado a él que recibió su calva a la altura de su pecho. Estrechó al viejo profesor como si fuese su propio padre; después de todo lo que vivieron juntos, en los mejores y peores momentos, se había ganado ese respeto.

Entonces lo tomó de los hombros.

—Necesito cruzar —pidió Pascual. Su gesto mostraba urgencia.

—¿Cruzar? ¿Estás loco?

—Sé lo que estás pensando, pero…

El anciano negó vehementemente, retrocediendo unos pasos.

—Regresa tu camino, cordis —dijo Custos, con temor en su voz—. Sabes que no hay nada para ti al otro lado.

—Las circunstancias han cambiado —comenzó a explicar, pero el profesor de música no lo dejó seguir.

—No tienes nada que hacer ahí —insistió, alzando su mano, perdiendo el amigable tono anterior—. Sortes también ha cambiado mucho desde que te fuiste. Si Antenor sabe que estás vivo, jamás aceptará que…

Pascual dio un paso adelante. Dejó la mirada fija en él y los puños tensos en los bolsillos.

—Pascualina está perdiendo la memoria.

 

Custos detuvo su respiración un segundo, lo suficiente para que Pascual diera su mensaje por recibido. Compartieron un gesto de temor que hace mucho creían haber olvidado. Pascual no quería explicar su decisión, no daría más detalles, pero sabía que el guardián del portal no lo dejaría pasar sin una razón de peso.

—¿Pedirás la ayuda del concilio? —preguntó Custos.

Pascual asintió.

—Tengo que intentarlo.

—Pero si cruzas, perderás toda protección —le recordó—. Allá… podrías morir. Esta vez de verdad.

—Lo sé.

El suspiro de Pascual era de resignación. Custos quería resistirse pero, si lo de su hija era cierto, las circunstancias sí habían cambiado. En el fondo de sus almas sabían que este día llegaría, y él había apoyado a Pascual hasta en las situaciones más peligrosas. ¿Acaso iba a abandonarlo ahora?

Ambos observaron la gran puerta de madera oscura a sus espaldas, tallada en prolijos marcos y relieves. Al centro, la cabeza de un león sostenía entre sus fauces un enorme anillo de metal forjado que actuaba de picaporte. Era una muestra patriótica: el escudo de Bélgica lleva como emblema a un león de oro sobre un campo de sable, llamado Leo Belgicus, armas del Duque de Brabante quien lideró la rebelión contra el emperador José II y permitió la creación de los Estados Unidos Belgas en 1790.

Lo que nadie sabía es que esa puerta no sólo conducía al hall principal de un conservatorio de música. También llevaba a otro lugar.

 

Custos echó una última mirada a Pascual, rogando porque hubiese una solución distinta a la evidente, pero el patriarca de los Della Calabazza parecía decidido.

El viejo no insistió. Dio unos pasos hacia la entrada, subió los dos pequeños escalones sobre la acera y se irguió. Luego posó su mano en el rostro atento del león.

—Mens cum corde.

De pronto el felino abrió sus fauces estancadas, lentamente, como desperezándose de un sueño de años. Las esferas, arcos y vigas talladas en la puerta comenzaron a desplazarse a su alrededor en una danza coordinada, formando un extraño símbolo sobre su coronilla unos segundos después. Luego se oyó un continuo trac, trac, trac, como cientos de cerrojos resignados a ceder.

Entonces Custos extendió su brazo izquierdo hacia el costado, asiendo una manija de fierro que sobresalía en la pared de ladrillos. Era el extremo visible de un cuidadoso engranaje que rodeaba la puerta en el exterior y activaba una campanilla en el interior, una distinguida forma para anunciar la llegada de las visitas. Después de un par de siglos de uso seguía funcionando, aunque en esta ocasión servía a un propósito distinto, uno que todo humano desconocía y que Custos Beschermen juró proteger con su vida, así como su padre antes de él, y el padre de su padre.

Tiró de la manija, el engranaje ferroso chirrió y la puerta se abrió apenas, dejando escapar un haz de luz. Tras ella, por arte de magia, el pasillo principal del Conservatorio había desaparecido.

 

Pascual adelantó dos pasos, subió los escalones y se detuvo en el umbral. El aire nuevo que los rodeó ya no tenía rumor a contrabajos, sino a las olas de un mar conocido, muy conocido.

—Hace días que algo no anda bien —le advirtió Custos, antes de verlo avanzar—. Un grupo de sphinges salió sin aviso y aún no regresa. No sé qué los alertó.

—Lo tendré en cuenta —respondió Pascual aunque distraído, con la mirada fija en la luz que salía de la puerta.

—Quizá estén más tensos que de costumbre ahí adentro. Mantente atento, evita los caminos más transitados y…

—Custos —lo interrumpió, tomando su brazo suavemente. Se miraron—. Sé que te estoy metiendo en problemas por esto. Gracias por ayudarme.

El anciano movió la cabeza, casi ofendido.

—No me agradezcas por algo que no quiero hacer —reconoció, entre la tristeza y la angustia—. Estás vivo, estás vivo, pero estoy dejando que mueras otra vez.

Bajando los ojos, se hizo a un lado para que Pascual pudiese pasar. La puerta crujió. El haz de luz que escapaba tras ella era blanco, blanco nieve.

En El Embrujo ya era invierno.

 

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