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¿Te cuesta mucho tomar decisiones?

Solemos pensar que la decisión es buena si el resultado es bueno. Error.

En realidad hemos tomado decisiones desde siempre. Desde que te levantas de cama hasta que duermes, el simple hecho de cómo vestirte, qué comer, a dónde ir, qué decir…todo en el día a día se trata de tomar pequeñas elecciones. Claro que esas son relativamente sencillas, pero ¿qué hay de aquellas en las que se ve comprometido un asunto importante de tu vida o algo que te preocupa? Qué estudiar, dónde vivir, luchar por una relación amorosa, terminar con una amistad no muy sana

Quizá seas como yo, una persona que ante la duda le gusta contemplar los pros y los contras de cada situación, con el “pero” de que a veces eso no resulta suficiente para sentir que estás yendo por el “mejor” camino. El problema está quizá en que tenemos miedo a equivocarnos, y a veces no solo miedo, ¡pánico! Pensamos que  si buscamos garantías todo saldrá mejor. Que es horrible equivocarse y que de hacerlo  quizá no podríamos soportarlo…

¿De dónde viene esa inseguridad?

¿Te has puesto a pensar que de niñ@s no teníamos tantos problemas para tomar decisiones? Quizá pienses que antes eras más valiente, pero no es así necesariamente. Sucede que cuando pequeños nos movemos por impulsos, hacemos literalmente lo que se nos antoja primero sin mediar consecuencias. ¿Cuándo has visto a un niño indeciso entre tomar uno u otro juguete? La cosa es que conforme vamos creciendo la mente se vuelve más compleja y con ella todos sus procesos.

Quizá te hayas sorprendido mirándote largo rato frente a un espejo indecis@ sobre qué ropa ponerte para cierta ocasión, o quizá hayas escrito un mensaje por celular y antes de enviarlo hayas optado por borrarlo y reescribirlo nuevamente; quizá pasas largo rato frente a un menú sin saber qué ordenar….pero ¿por qué tanto si se supone que somos personas con más experiencia que un niño, autónomas, inteligentes…?  La respuesta es la misma: tenemos miedo, aprehensión o inseguridad.

Herramientas para ganar confianza en la toma de decisiones

Para paliar ese miedo que muchas veces nos paraliza frente a las decisiones (sí, también aquellas que pueden parecer más simples), hay una serie de herramientas que he aprendido con muchas experiencias del pasado y que te quiero compartir. La clave está en cambiar el chip:

  • Relativiza el resultado: Equivocarse es muy humano. Debemos tener presente que el miedo muchas veces frena. Intenta voltear a ver los recursos o herramientas que te han funcionado antes. Quítale peso o gravedad al asunto. Te puede ayudar preguntarte ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿sería tan terrible que algo saliera mal?
  • Entrena una mente flexible: una mente flexible es aquella que sabe gestionar todos los resultados, sean cuales sean. Hay que tener presente que no podemos controlar el resultado de todo y que los aciertos y los errores serán parte de nuestra vida. La toma de decisiones podrá ser más o menos difícil, pero si entrenamos podremos con eso y además afrontaremos con mejor ánimo cualquier consecuencia.
  • Fortalece tu resiliencia: Reconocer que siempre se puede aprender, incluso de las “malas decisiones”, incrementa y fortalece tu resiliencia, ese término que invita a observar un momento difícil para darle la vuelta y preguntarse cómo aprovecharlo para salir más fuerte. Esta habilidad te ayudará a ganar seguridad, al saber que un error no es el final del camino, sino un episodio del que siempre te puedes levantar para seguir en aquel camino fijado.
  • No cargues con el peso de una mala decisión: Es importante que si tomaste una decisión equivocada, la enfrentes y como he dicho antes, aprendas de ella, pero sin olvidar que hay que soltarla para seguir avanzando con la lección aprendida. ¡A soltar esas mochilas emocionales!
  • Encuentra respuestas dentro de ti: Cuando te encuentres en ese típico dilema antes de tomar la decisión, reflexiona sobre quién eres, tus valores, tus principios, tu sello personal. Escucha esa vocecilla interna y siempre sé fiel a ti mism@. Nadie te puede garantizar el resultado, pero al menos habrás actuado en consecuencia con lo que sientes y eres. ¡Anímate!
  • Comprométete con tu decisión. Si ya elegiste, vive la opción que hayas elegido, sin mirar a atrás. Estar pensando en “qué hubiera pasado si…” no nos es útil, no nos deja estar en el presente. Además es imposible tenerlo todo. Si surge algún inconveniente o dificultad en éste nuevo camino ya tomarás las medidas para solucionarlo cuando corresponda. ¡Confía en ti!

No se puede acertar siempre, ni tampoco es necesario

Quizá tenemos la falsa creencia que a nuestro alrededor nadie duda o nadie se equivoca cuando elige algo. Bueno, la realidad es que es imposible acertar siempre, a veces nos resistimos mucho a ese miedo a equivocarnos, a fallar, a no estar bien, a arrepentirse, a no decidir lo mejor… cada uno lo llama de una forma, pero es lo mismo.

Acá lo verdaderamente importante es saber que el fallo no es que no salga bien, es que no nos veamos capaces de afrontar y aprender del resultado. En realidad, no nos vemos capaces a nosotros mismos de asumir que sí, que podemos errar ¡y es muy normal!

Cada decisión tendrá sus cosas buenas y sus cosas malas, no exíste una única decisión “correcta”, y podrías estar bien tanto en una como en otra opción dependiendo de cómo vivas en esa opción. Hasta cierto punto ¿no es mejor aprender a vivir con eventos y resultados inesperados? Para ello tenemos que entrenar una mente fuerte que no se guíe solo por los resultados, que no se deje llevar tanto por la situación y que se base en las propias capacidades.

Siempre resultará útil hacer un cálculo de los riesgos y los beneficios, pero sabiendo que al final no hay ganatías absolutas,  la clave para que uno no se bloquee y disfrute decidiendo, es poder vivirlo como un aprendizaje ¡no como un punto y final!

Como conclusión te puedo decir que  tener aprehensión por tomar una decisión es normal, así como también es normal equivocarse. Con la práctica, asumir riesgos y saberse capaz de afrontarlos es más liberador y fácil, mucho más fácil, que buscar garantías de éxito. Así, las decisiones se convertirán en algo más sencillo para ti. No olvides que puedes ser capaz de gestionar el resultado sea cual sea. El control está en ti, no lo busques fuera.

Pascualina.

*Gracias R. Santandreu y M.P. Maldonado.

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