Pascualina: El Caso Blackstone

CAPÍTULO 1

Había deseado estar dentro de la comisaría mil veces, pero de ninguna manera bajo estas circunstancias.

El Precinto 24 del Upper West Side de Manhattan, New York, vibraba con un caos intoxicante.

El espacio era amplio, cuadrado, de techos no muy altos desde donde colgaban lámparas alargadas con tubos de neón. Si había alguna ventana probablemente estaba tan oculta como la decena de escritorios cubiertos por asombrosas pilas de papeles, carpetas y manuales. Las paredes, alguna vez blancas, estaban empapeladas de afiches desgastados con leyendas que anunciaban desde la búsqueda de los criminales más infames, a fotos y nombres de personas desaparecidas, pasando por el clásico “if you see something say something”, y hasta el bingo y la pequeña liga de beisbol del departamento de policías.

Voces, susurros, risas y de vez en cuando el quiebre de algún grito estridente. Teléfonos repicando en segundo plano. En la distancia el silbido constante de un radiador en mal estado y el interminable gotear del líquido de la cafetera cargaban el aire de un aroma ácido y rancio.

Inhalé con fuerza y volví mi mirada sobre esa decena de pequeños retablos que me hacían recordar las pinturas de Degas y Bacon por igual: borrachos de miradas perdidas, prostitutas de hombros caídos y rostros ambiguos, conductores imprudentes gesticulando exageradamente con las manos sus coloridas excusas. Los detectives con los codos apoyados sobre las mesas y las barbillas apoyadas sobre la palma de sus manos. Nada nuevo bajo el sol. Las mismas historias escuchadas una y otra vez.

En una esquina, un bulto de ser humano, envuelto en mantas roñosas, con solo el blanco de los ojos visible, se mecía hacia adelante y hacia atrás repitiendo algo indescifrable. Un narco joven, de apariencia europea e impecablemente vestido, balbucea su inocencia ante un hombre alto y rubio, que le pregunta acerca de unas drogas de diseño encontradas en los bolsillos de su chaqueta.

Desde mi rincón, en una sala de concreto malamente iluminada, pero con un ventanal inmenso, contemplo sin perder ningún detalle, este despliegue de angustia, amenaza y vulnerabilidad que me atraen casi mórbidamente.

Es tal y como me lo había imaginado. Solo maldigo que me hubieran quitado todas mis pertenencias, porque de lo contrario habría estado escribiendo a ráfagas en mi libreta.

“Ahora resulta que tenemos que esperar a sus padres» escuché decir de mala gana a uno de los dos policías que estaban a mis espaldas custodiándome. Fue como si de pronto alguien encendiera una luz de mil watts en el centro de mis pensamientos. “Con la puta noche que estamos teniendo, tenemos que hacer de niñera”. Cerré los ojos y respiré profundo para calmar la furia que estaba ebullendo en mi interior. No quería decir algo que de seguro me haría pasar toda la noche tras unos barrotes.

Pero es que… fuck me…  ¿Cómo fue que terminé aquí, atrapada en este lugar, un jueves por la tarde?

* * *

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Todo comenzó cuando me enteré de los 13 cuadros robados hace 34 años del Museo Isabella Stewart Gardner de Boston. Tras semanas de investigación, llegué a una conclusión inquietante: Dolores Astor, la socialité neoyorquina, los tenía en su poder.

Esa tarde, Dolores organizaba una fiesta en su lujoso brownstone bordeando Central Park West. Convencí a Sydney para que me acompañara. Quedamos de encontrarnos en la entrada, ambas vestidas de gala. Yo había escogido un vestido de seda negra opaca que me envolvía en diagonal dejando al descubierto un hombro y dos líneas de cintura, y al que le había hecho algunos acomodos en el escote para levantar y resaltar.

—Psst, Sydney —la llamé desde el callejón al costado de la casa cuando la vi acercarse con sus maravillosas curvas en un vestido color chocolate intenso que resaltaba contra su piel blanca y las ondas de su pelo castaño.

Syd se detuvo en seco.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó, echando una mirada a la fila de gente subiendo las escalinatas de la casa—. ¿No se supone que nos íbamos a encontrar en la puerta?

—Hay un problema con la invitación —respondí, dejando caer la bombita como si nada.

—¿Qué tipo de problema?

—De los que tienen solución.

Syd se cruzó de brazos y suspiró.

—No estamos aquí para postular a las becas universitarias de la Fundación Astor, ¿verdad?

Esta chica realmente me estaba conociendo.

—Te dije que esto podía ser peligroso —repliqué, recordándole el mensaje que le había enviado la noche anterior.

Desafiarla era una estrategia que había dado resultado en los últimos meses, y así nos habíamos escabullido juntas una noche en un hotel solo para probar que podíamos…, junto con unas cuantas otras aventuras más.

Su deseo de rebeldía estaba bien disimulado, pero no para mí.

La veía boxear tan ferozmente como yo remaba por las mañanas. Ya la he observado durante semanas en el colegio, con sus impresionantes rutinas y sus comidas pre y probióticas que no tenían nada en común con la chatarra que a mí me encanta de la cafetería. Y sin embargo, aquí y allá le he descubierto esa actitud desafiante y un brillo en la mirada que fue lo primero que me atrajo de ella.

Un día estando en su casa, aproveché para remover un poco entre la correspondencia. La cuenta médica de un centro de rehabilitación para adictos llamó mi atención. Las ruedas de mi cabeza echaron a andar uniendo piezas, actitudes y conversaciones que había presenciado.

Nadie en su familia hablaba nunca de Paul, su hermano, pero daban a entender que estudiaba en California (y Sydney me tenía prohibido entrar en su habitación).

Pero ahora entendía las miradas sobreprotectoras de sus padres y los continuos llamados y mensajes para chequear dónde se encontraba, y el disimulado, pero inexorable interrogatorio al que fui sometida durante una de las primeras comidas familiares, respecto a la situación de mis padres, mi desempeño escolar y qué me trajo a vivir a New York.

Echaban sobre ella una red tejida con una letal combinación de amor y miedo, tan visceral el uno como el otro, que de tanto en tanto —cada vez más— tenían a Sydney sofocada.

Ella nunca decía nada, por supuesto. Y no sé cuán cómodos o escandalizados estarían sus padres si realmente supieran de nuestros encuentros y escapadas.

—¿Qué estamos haciendo aquí exactamente? Explica antes de que las dos nos congelemos aquí afuera —me pidió mientras se frotaba los brazos.

—¿Recuerdas esa investigación sobre los cuadros robados?

Syd me clavó la vista.

—¿Esa que periodistas, policías y hasta el FBI han investigado durante treinta años sin encontrar nada?

—Exacto —dije complacida. No se le escapaba ningún detalle—. Aunque no diría que nada. Una de las pistas me trajo aquí.

—¿Y para qué me necesitas?

—¿Tenías algo mejor que hacer un jueves por la tarde?

—Te conozco —Acomodó las manos en su cintura—. Elabora.

—Es sencillo…

—Nada contigo es sencillo.

—Solo quiero echar un vistazo a la galería de arte de la señora Astor y… —El tirón en mi pierna me desestabilizó—. ¡Agh! Auch.

—¿Qué te pasa?

—Nada. Debe ser un pequeño desgarro —le respondí, sacando un frasco de mi bolso. Tomé una pastilla. Dos—. Remé más de la cuenta esta mañana.

—¿Qué te acabas de tomar?

—Un analgésico. Tranquila, no tengo nada más, lo prometo.

Syd me dio una mirada poco convencida.

—¿Y qué tiene de peligroso entrar a una galería de arte?

—Es privada. Está cerrada y tiene un sofisticado sistema de seguridad, pero…

—¿Cómo sabes eso?

Sonreí.

Nunquam non paratus.

—¿Qué?

—“Siempre preparada”

—Desarrolla.

—Digo que tengo los planos de la casa. Lo magnífico de New York es que cualquier remodelación tiene que pasar por el ayuntamiento, así que los registros son públicos. La galería está en el tercer piso. Pero hay una pequeña puerta lateral…

Syd me miró con incredulidad.

—¿Quieres que entremos a la recepción, nos hagamos pasar por postulantes de las becas y de pronto… ¡oops!, ¿nos perdamos por la casa y terminemos dentro de una galería, admirando unas millonarias obras de arte?

Sonreí. —¡Exacto! Sencillo.

—Nada contigo es sencillo —repitió Syd.

—No hay nada que perder. Y si realmente postulamos a las becas, puedes obtener el financiamiento que necesitas para Harvard y yo para-

—No es Harvard, es Yale. Y tú no necesitas una beca, con tus calificaciones cualquiera de esas universidades va a quererte dentro.

—No estoy tan segura. Últimamente he estado un poco… distraída.

Syd me lanzó una sonrisa de medio lado.

—¿Beltrán? Bueno, tú fuiste la que quiso…

—No. Y bórrate esa sonrisa. No obtuve el resultado que esperaba en molecular y si no remonto antes del final del semestre, mis opciones para entrar a MIT disminuyen.

—Tú no quieres ir a MIT —descartó Syd, acompañado de un gesto de su mano como de quien mata una mosca.

—Por supuesto que quiero. Es el único lugar donde los cambios sí son innovadores.

Syd temblaba de frío y su paciencia se agotaba.

—Bien, okey… I’m in. ¿Cómo propones que entremos sin invitación? —Una sonrisa comenzó a estirar mis labios—. Oh, Dios, conozco esa mirada. ¿Qué hiciste ahora?

—Nate. Tu amigo.

—¿Nate, mi compañero de kick box?

—Nate, que tiene un gigantesco crush contigo.

—Nate es como mi instructor, hemos practicado juntos por tres años.

—Y no tiene ojos para nadie más que para ti.

—¿Celosa? —preguntó a media voz, acercando un hombro hacia mí.

—Por supuesto que no —le respondí, volviendo a echar su hombro atrás con mi mano.

—Pero, ¿qué tiene que ver Nate con todo esto?

—¿Recuerdas cuando nos contó que estaba postulando a una empresa de seguridad?

—No. No te atreverías… ¿Dónde?

—Ahí —comencé a caminar en dirección a la entrada—. Nate es el chico recibiendo las invitaciones en la entrada.

Syd se rio. —Increíble —murmuró, acelerando el paso hacia mi lado.

—¡Hey! Syd… Wow, te ves… te ves espectacular —balbuceó Nate—. Vienen a la recepción, ¿no?

—Exacto —respondió Syd, intentando sonar casual—. Pero… no lo vas a creer. Estúpida de mí, dejé las invitaciones en casa…

—No hay problema —aseguró Nate rápidamente—. Yo me encargo. Si están en la lista, lo arreglo después. Pasen, adelante.

Syd le sonrió, agradecida.

—Gracias, eres un encanto.

Nate titubeó un momento.

—Eeeh, por cierto —empezó, claramente nervioso—, quizá después… si quieres, podríamos… Sé de un nuevo club en Lower… Sé que te encanta bailar y quizá los dos podríamos… más tarde, no sé… ¿Qué dices?

Syd parpadeó, sorprendida. Mantuvo la calma.

—Seguro, sí. Te veo más tarde.

Antes de que Nate pudiera decir algo más, le encajé mi codo a Syd en las costillas.

—¿Ves?

Syd me fulminó con la mirada.

—Oh, cállate.

Cuando entramos, el cóctel estaba en pleno apogeo. El lugar era un lujoso apartamento en el Upper West Side con techos altos y molduras antiguas, paredes decoradas con arte moderno, grandes ventanales y escaleras de mármol. Decenas de personas deambulaban por el salón y se reunían en pequeños grupos a conversar sobre el futuro de la educación y a escucharse unos a otros sobre cuanto bien hacían ellos al progreso del país.

Tomé una copa de champagne de la bandeja de plata que extendía el mesero.

—No pensarás tomarte eso —me advirtió Syd—. Menos con los remedios que acabas de tragarte. Quién sabe qué contra indicación puedan tener.

—Tranquila, el espumante no es lo mío. Solo intento pasar desapercibida entre la multitud.

Tras una media hora de conversaciones insulsas, sonrisas tibias y asentimientos de cabeza, llegaba nuestro momento.

—Es hora de empolvarnos la nariz —le dije a Syd, guiñándole un ojo y encaminándome hacia las escaleras. Sabíamos lo que eso significaba.

Con un gesto rápido y cómplice, nos escabullimos por los pasillos hacia los salones del tercer piso.

Siguiendo la imagen mental que tenía del plano de la casa, llegamos hasta la puerta de madera tallada que abría paso a la galería. Me agaché para analizar la cerradura. Recogí mi vestido hasta dar con el delicado set de herramientas que traía amarrado a mi muslo y saqué las piezas metálicas que me parecieron más indicadas. Mis dedos se movían en la cerradura con una fluidez casi automática, las muchas horas de prácticas estaban dando resultado. ¡Clic!

Al entrar, mi mirada comenzó a ajustarse a la oscuridad. Solo había unos cuantos focos pequeños empotrados en el techo, lanzando tenues haces de luces amarillas. La sala era alargada, con grandes ventanales de dos hojas que comenzaban en el suelo y acababan en arcos por arriba. Estaban enmarcados en pesados cortinajes de terciopelo azul recogidos hacia los costados con amarras de seda.

Cuadros colgaban en cada pared, mientras esculturas y objetos de arte descansaban en mesas y pedestales, algunos dentro de vitrinas de vidrio. Había lámparas de cristales que reflejaban suaves destellos dorados.

Me adentré en ese laberinto sobrecargado de arte con pasos leves y calculados en búsqueda de los cuadros robados, pero a medida que avanzaba por las murallas escaneando con mi mirada, podía ver que ninguno coincidía con los del museo de Boston. Un nudo comenzó a formarse en mi estómago. Reconocí Van Goghs y de Chirico, Rubens y Manets, pero nada ni medianamente cercano a los trece cuadros que tenía grabados en mi mente. Esto no era posible. Mi corazón empezó a hundirse en mi pecho.

Tal vez no estaba mirando bien. No había luz suficiente.

Me acerqué a una lámpara Art Deco que colgaba del techo, era inmensa y formada por múltiples paneles de vidrios de colores dibujando formas geométricas. Divisé una pequeño cristal que colgaba de una delgada cadena de oro a modo de interruptor y, sin pensarlo dos veces, tiré de él para encender la luz.

Lo siguiente que sentí fue una descarga eléctrica tan fuerte que me lanzó hacia atrás, haciéndome estrellar contra una mesa. Pequeñas esculturas cayeron al suelo con un ruido seco. Mi cabeza se llenó de imágenes, fragmentos rápidos que no alcanzaba a procesar y a tan gran velocidad que los colores empezaron a difuminarse. Todo comenzó a volverse blanco detrás de mis párpados y luego todo se fue a negro a mi alrededor.

Unos segundos después, desperté en el suelo, con Syd de rodillas a mi lado en pánico.

Recuperé la conciencia, pero el sonido de una alarma inundó el salón.

—¡Estamos atrapadas! —gritó Syd.

—¿Hace cuanto empezó a sonar? —pregunté, poniéndome de pie.

—En cuanto abriste los ojos.

Revisé la hora en mi celular.

—Tenemos seis minutos antes de que llegue la policía. Ese es el promedio de respuesta. Ven, ayúdame.

Deslicé el seguro y abrí una de las ventanas. Estábamos en el tercer piso, lo que hacía cualquier escape peligroso. Al escuchar pasos apresurados acercándose hacia el salón corrimos a mover un mueble pesado para bloquear la entrada principal.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Syd, aterrada.

Mis ojos recorrieron la habitación rápidamente hasta detenerse en las cortinas.

—Dame una mano —le pedí, mientras desataba los amarres.

Anudamos una cuerda improvisada con las amarras de las cortinas uniendo una y otra y la lancé por la ventana. Llegaba a poco más de un metro del suelo. Muy leves aún, podíamos escuchar el sonido de las sirenas acercándose.

—Es suficiente con eso. Baja, Syd.

—¡Estás loca!

La puerta crujió detrás de nosotros, el mueble que la bloqueaba empezaba a ceder. Las sirenas estaban cerca, más fuertes ahora.

—¡Nos quedan dos minutos, baja ya! —grité, mientras la puerta se abría un poco más, revelando a la señora Astor y a su mayordomo asomándose.

—¡¿Quién está ahí?!

No había más tiempo.

—Syd, no me discutas más. ¡Baja, ahora!

Syd comenzó a descender. Uno de sus tacones se enredó entre las amarras y a mi corazón le faltó un latido, pero Syd lo pateó con fuerza hasta que cayó en la acera. Siguió descendiendo descalza. Un minuto. Treinta segundos. Cuando ya vi que estaba a salvo, corrí a bloquear la puerta en el mismo instante en que esta se abría y la señora Astor, su séquito y la policía entraban a la sala.

“Fuuuuuck me…”, musité entre dientes mientras levantaba los brazos en señal de rendición.

* * *

“Tu turno”, escuché decir detrás de mí a los policías que abandonaban la sala, arrancándome de mis recuerdos.

Hizo entrada un hombre joven. Demasiado joven. Lo reconocí como el que había visto de espaldas conversar con el de las drogas de diseño. Alto, aunque no tanto como Beltrán. Diría que me sacaba unos buenos 15 centímetros. Delgado, pero no en extremo. Traje caro. Corbata de seda. Demasiado traje para él. ¿Sobre compensando? ¿El chico nuevo del bufete?

Caminé hacia una mesa y una silla abandonada en el medio de la sala y me senté, apoyando mis brazos sobre la mesa.

—¿No eres demasiado joven para ser mi abogado? Además, lo siento, pero creo que estás fuera de mi presupuesto.

Y no pienso decir ni una palabra.

—No soy tu abogado. Estaba dando una clase. Y si vamos a hablar de estar «sobrevestidos», diría que esa eres tú —contestó, echando una rápida mirada sobre mi escote.

Genial, ¿ha notado mi copa C con relleno?, pensé, lanzándome una disimulada mirada para asegurarme de que todo estuviese en su lugar.

Caminó hasta una silla que acomodó cerca de la vidriera que miraba hacia la sala principal del Precinto, y se sentó. Sacó un libro de su bolso de cuero y comenzó a leer con una concentración que hizo bajar la temperatura de la sala.

Siempre me han impresionado esas personas capaces de abstraerse de todo y cerrarse por completo al mundo exterior para sumirse exclusivamente en lo que tienen por delante.

Pude leer el lomo de los demás libros que dejó dentro de su bolso: “Técnicas de investigación”, “Cómo procesar escenas de crímenes”, “Asesinos en Serie”, “Fotografía Forense”.

¿Quién demonios es este tipo?

—¿Eres del FBI? —pregunté, mientras analizaba cómo era posible que mi fallido intento hubiese cruzado límites estatales como para requerir la presencia del FBI, pero el titubeo en su respuesta me descolocó.

—No… No exactamente.

¿Era incomodidad que se estuviese aflojando la corbata y desabrochando el primer botón de la camisa? ¿O era un premeditado gesto de acercamiento para bajar mis barreras? Quizá era simplemente el gesto cansado de un hombre al final del día.

—¿Qué haces aquí, entonces?

—Colaboro en un caso.

—¿No eres demasiado joven para ser detective?

—Demasiado joven para ser tu abogado, demasiado joven para ser detective… ¿No eres tú demasiado joven para ser una ladrona de guante blanco?

—¡No soy una ladrona! —Me revolví en mi asiento, enojada.

—Molesta, ¿verdad? Que te juzguen antes de tiempo.

Su mirada se clavó en la mía.

—No estoy juzgando, solo constato lo obvio —respondí sin desviar la vista.

—Ya veo. ¿Quieres contarme tu versión de los hechos?

—Claro, seguro, porque todo lo que diga podrá ser usado en mi contra, ¿cierto?

—No estás bajo arresto. Hasta donde sé, nadie ha presentado cargos.

—Perfecto. Entonces, ¿puedo irme?

—No todavía. Hay unos trámites pendientes. Pero toma, aquí tienes tu teléfono y tu bolso —Me los entregó—. Diviértete, o toma notas, o escribe en tu diario.

Fuck you.

—No era un insulto. Las mentes más brillantes de la historia escribían en un diario. Las más atormentadas también —constató, sin que ninguno de los músculos de su anguloso rostro delatara nada.

Lo miré por unos segundos en silencio, revisando que mi pequeña libreta de notas estuviese dentro del bolso, y sin poder evitar pensar en las obsesivas anotaciones de las últimas noches en mi diario.

Él volvió a su palacio mental, ensimismado en su lectura, dejándome a la vista un poco de su espalda y su perfil. Mi presencia parecía no inmutarle en absoluto.

Continué escaneando con mi mirada desde su pelo rubio perfectamente cortado en barbería, posiblemente la afeitada también y… oh, ajá, ¿qué tenemos aquí?

—¿Tienes algo de comer? —le consulté para captar su atención, y porque mi estómago rugía.

—Lo siento, solo esto.

Sacó de su bolso y lanzó en mi dirección un paquete de caramelos.

Qué niñada. Eran unas bolitas de colores encendidos que de ninguna manera iban a calmar el hambre que sentía, hasta que empecé a fijarme en su envoltorio: textos en alfabeto cirílico, ruso. Tomé uno entre mis dedos, levantando una ceja.

—Little Odessa, ¿eh? Sabía que eras un chico acostumbrado al mar y la arena.

—¿Qué? —Giró su rostro hacia mí, pero disimuló rápidamente el desconcierto.

Seguí, acomodando mi espalda contra el respaldo de la silla y cruzándome de brazos y de piernas. El corte en mi vestido se deslizó dejando al descubierto un trozo de mi muslo.

—Que, a pesar de tu bronceado, eres más blanco que la leche. Especialmente ahí —Le señalé detrás de la oreja, donde el corte de pelo reciente delataba su tono natural—. Imagino que el pelo largo te queda mejor. Y estos caramelos rusos solo los importan en Brighton Beach o Little Odessa. ¿Cómo dijiste que te llamabas?

Silencio.

Más silencio.

¿De verdad? ¿No lo va a decir? No puede ser tan petulan-

—No lo dije. Andriev. Andriev Iuroslov —Se dio por vencido y cerró el libro sobre su dedo—. Mi abuelo emigró de Rusia, y mi familia sigue viviendo en Little Odessa.

—¿Desde San Petersburgo?

—Moscú.

—Así que estudias criminales.

—Estoy haciendo mi tesis sobre el perfil psicológico de organizaciones criminales. Me interesa el comportamiento de las jerarquías.

—¿Y estás aquí por el narcotraficante europeo?

—No puedo hablar de eso.

Señalé el libro que leía, claramente distinto a los que estaban dentro de su bolso, algo sobre seguridad informática.

—¿Y eso?

—Un hobby —respondió—. ¿Y tú? ¿Cuál es tu historia?

Me encogí de hombros. —No es muy larga. Hasta hace unos meses vivía en Holanda, y ahora estamos aquí por el trabajo de mis padres. Estoy terminando mis estudios.

—Algunos policías dicen que sueles enviar cartas con pistas sobre posibles delitos.

—No puedo comentar sobre eso.

—¿Y cómo explicas tu incursión en la casa de Dolores Astor?

Volví a analizarlo de pies a cabeza.

—¿Estás seguro que no eres policía?

—Prometo que nada de lo que digas podrá ser usado en tu contra.

¿Es este su sentido del humor? En fin, qué diablos…

—¿Conoces el caso de los cuadros robados del museo de Isabella Stewart Gardner en Boston?

Andriev asintió. —Es uno de esos tantos misterios sin resolver. ¿Por qué creíste que ella los tenía?

—Descubrí que uno de los hijos del guardia del museo, el único sospechoso en el robo, recibió una beca para Harvard de parte de la Fundación Astor, inmediatamente después del robo.

—Eso suena sospechoso…, pero la Fundación Astor se dedica a eso.

—Claro, pero la fundación empezó oficialmente en 1997, y las donaciones comenzaron cinco años antes. Al menos, desde mi punto de vista, me pareció que eso merecía una investigación.

—Interesante.

—¿Qué?

—¿Sabes que las pinturas robadas suelen subastarse en la dark web, cubiertas por acuarelas para disfrazarlas?

—Lo sé, pero ese no es el caso aquí. Las pinturas no son tan valiosas.

—Entonces, ¿por qué alguien se tomaría tantas molestias?

—Eso es lo interesante, ¿no? La motivación no es el lucro. No es la tercera de las eles —dije, refiriéndome a las cuatro primeras letras de los motivos usuales para un crimen: Love, lust, lucre and loathing: Amor, lujuria, lucro y desprecio.

Andriev me observó en silencio una vez más. Luego se puso de pie y empezó a caminar por la habitación mirando al suelo. Volvió a aflojarse la corbata que claramente le incomodaba.

—¿Haz pensando en el gesto? —preguntó después de unos segundos, levantando la vista hacía mí.

—¿A qué te refieres?

—Todos los marcos de las pinturas robadas quedaron colgados e intactos, y se exhiben así, vacíos, hasta hoy —Definitivamente estaba familiarizado con el caso—. ¿Qué crees que significa?

Volví en mi cabeza a las múltiples fotografías que había visto de la “escena del crimen”.

—Es un mensaje.

—¿Que dice qué?

Andriev caminó hacia mí, hasta apoyar sus manos sobre la mesa donde yo estaba. Su mirada esperando mi respuesta.

Pensé un segundo sin quitarle la vista.

—Es arrogante…, grandioso, despectivo. Está diciendo: “Puedo tomar lo que quiera, cuando quiera”. ¿La cuarta L?

Hubo una milésima de brillo en sus ojos.

—Si las piezas robadas no te están conduciendo a nada, entonces tienes que centrarte en el gesto.

—En la motivación de la persona.

—Más allá. Psicología forense.

Mis ojos verdes vibraron en sus ojos azules durante un largo segundo, antes de que ambos dijéramos al unísono:

—Hay que buscar otros casos similares.

—Exacto —murmuró Andriev.

¿Cuándo se ha producido otro robo con ese mismo “mensaje”? Me quedé pensando en silencio, escuchando solo el mecanismo de mi engranaje mental.

No sé si yo seré la única fanática de las películas clásicas sobre thrillers psicológicos, pero me pareció a mí que acabábamos de tener un momento Clarice x Hannibal.

Tomé mi teléfono a toda prisa para iniciar una búsqueda, aunque no sabía exactamente qué buscar aún, cuando uno de los policías apareció en el marco de la puerta.

—Iuroslov, un minuto.

Lo vi salir. Volví a mi iPhone. Había algo que hacer antes. Abrí Instagram y comencé a buscar a toda velocidad. Algún hashtag, una locación, una fecha… ¿Cómo se escribirá ese apellido? Pasé con mis pulgares una y otra foto hasta que… ¡Voilá!

Andriev entró al mismo tiempo que enviaba mi solicitud.

—Tu padre ya está aquí —me dijo al volver, metiendo las manos en sus bolsillos.

Por alguna razón eso no me alivió.

—Te he comenzado a seguir en Instagram —Andriev arqueó las cejas—. Siempre hay una tía que te etiqueta y te delata en la foto familiar. Como dije, el pelo largo te sienta mejor.

Y con eso nos despedimos.

Al salir de la comisaría, sentí el aire frío de la noche en mi piel, y lo primero que vi fue a mi padre buscando un taxi con la mirada. Llevaba su clásico abrigo negro, el cabello peinado hacia atrás con una perfección casi absurda, y ese bigote delgado que le daba un aire de caballero europeo sacado de otra época. Su nariz aguileña y rasgos angulosos siempre me hacían pensar en un personaje de cine antiguo.

—Fantástico —musitó aliviado al verme—, al menos no tendremos que perder tiempo en cambiarte de ropa.

—¿De qué estás hablando? —pregunté, confundida. Bajo su abrigo pude ver un frac de perfecto corte—. ¿Y por qué estás tú vestido así?

Un taxi se detuvo tras un silbido de mi padre (no había caso en explicarle que aquí no se hacía eso) y subimos. Apenas nos acomodamos en el asiento trasero, mi padre le soltó al conductor:

—Downtown, lo más rápido que puedas —le dijo antes de volverse hacia mí—. Bien, ¿cuál sería la explicación esta vez?

—Todo fue una sobrerreacción —aseguré, mientras él me extendía un pequeño paquete con rollos de canela tibios—. Gracias, necesitaba azúcar.

Mordí uno de los rollitos, hablando entre bocados.

—¿Sobrerreacción, hm? —repitió él con tono sarcástico—. ¿Lo mismo que cuando te escondiste toda la noche en el museo de Anne Frank en Amsterdam?

Rodé los ojos. —Sigo convencida.

—Sigue convencida.

—Si hubiera tenido tres horas más, seguro lo habría encontrado —insistí.

—¿Los diarios?

—¡El diario! El original de 1943 que está perdido. Lo dejó escondido en el cuarto de Peter, estoy segura.

—Hija, no puedes seguir buscándote problemas con la autoridad.

Papá miró por la ventana unos segundos. Podía verlo, buscando las mejores palabras para decir lo que quería expresar.

—Esto tiene que cambiar —soltó luego.

—Qué cosa… —pregunté, aunque era evidente lo que estaba intentando decirme.

—Ya dimos la pelea y ganamos. Tu madre accedió a los cambios que pedimos. No más tutores en casa, ahora vas a un colegio normal, tienes una vida normal… Y por eso, tú tienes que hacer cosas normales, a pesar de lo que tu madre prefiera. Sigue siendo un tema delicado entre ella y yo… —Eso último lo dijo más para él que para mí.

Papá volvió a mirar por la ventana del taxi. Tomó un poco de aire y se volvió hacia mí.

—Y tú necesitas estar a la altura —me dijo, con ese tono serio que reservaba para cuando las cosas no iban bien.

—¿A la altura de qué?

—De las circunstancias.

—¿Y cuáles son esas? —pregunté con la boca todavía llena del rollito de canela.

—Tú sabes —dijo tajante—. Y ya, deja de bromear. Péinate un poco, que pareces loca. Te necesito atenta y asertiva como nunca. ¿Me escuchaste?

—¿Cuándo no lo he sido? —Me acomodé en el asiento—. ¿Me puedes decir de una vez a dónde vamos? —Ya estaba empezando a sentirme nerviosa al ver que el taxi no tomaba el camino de regreso a casa—. Acabamos de pasar por el Highline. No vamos a casa, ¿verdad?

—No, vamos a otro evento de tu madre. Y no le va a gustar nada que lleguemos tarde.

Sus palabras me tomaron por sorpresa.

—¿Mamá ya está de regreso?

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CAPÍTULO 2

Llegamos al edificio de Blackstone Corporation, una de tantas moles de acero y cristal ubicado en la parte más antigua de New York, en el preciso lugar donde los primeros colonos holandeses llegaron a fundar la ciudad. No pude evitar pensar en la ironía de que más de 400 años después, nosotros éramos los nuevos holandeses llegados a la ciudad.

Tomamos el ascensor al piso 50.

El hall de eventos me golpeó con una oleada de estímulos apenas entré. Sonidos suaves pero constantes emergían de cada rincón, como el murmullo electrónico de una ciudad futurista. Las luces bañaban todo el lugar en un resplandor blanco y azul metálico. Las formas geométricas que se proyectaban en la pantalla gigante sobre el escenario daban al espacio una sensación de movimiento constante que me provocó una punzada de náuseas en el estómago.

Cada detalle gritaba tecnología de punta, desde los hologramas que flotaban en el aire hasta las pantallas interactivas integradas en las paredes. Era como si hubiéramos entrado en una utopía moderna. El suelo, de algún material metálico pulido, reflejaba las luces de neón con precisión.

Papá avanzó entre la multitud hasta que distinguimos a mamá. Estaba tan impecable como siempre. Su figura alta y esbelta parecía aún más elegante bajo la luz tenue del salón. Llevaba un vestido verde esmeralda cruzado por detrás del cuello que dejaba al descubierto sus hombros y su espalda. Su cabello, tan negro como el mío, estaba recogido en un moño. Sus ojos, siempre alerta, me miraban con una mezcla de severidad y amor, algo que siempre me desarmaba.

—Pascualina Delabazza —dijo. Mi respiración se detuvo un instante.

Entonces, antes de que yo pudiera reaccionar, estiró sus brazos hacia mí.

—Ven acá —masculló, envolviéndome en un abrazo fuerte—. Te extrañé mucho durante mi viaje.

—Supongo que papá ya te contó —murmuré, esperando que el juicio fuera rápido.

—Ya hablaremos de eso en casa —Papá miró a su alrededor, y mamá respondió a su pregunta antes de que la formulara—. Robert Blackstone ha salido de su enclaustramiento para hacer un anuncio. Todo el mundo está expectante.

En ese momento, los guardias empezaron a ordenar a la gente que tomara asiento. Papá y yo fuimos separados de mamá. Las áreas estaban divididas en autoridades por un lado, prensa por otro, y nosotros junto con todos los demás invitados, en un tercer sector.

Las luces se apagaron de golpe, dejando todo en una oscuridad total. De pronto, una pequeña luz rompió el silencio visual. Un hombre de edad indeterminada, quizá unos sesenta años, alto y corpulento, con un cirio encendido en sus manos, comenzó a caminar desde el fondo del salón, su voz profunda resonando mientras hablaba sobre los orígenes del hombre y su relación con el fuego. El dominio de la energía, explicaba, había sido la clave en el desarrollo humano. A medida que avanzaba, repasaba los desafíos energéticos desde la revolución industrial. Todo en el sujeto estaba calculado hasta el mínimo detalle. Su forma de vestir, su actitud al caminar, la manera en que interpelaba a la audiencia al hablar.

Al llegar al escenario, dejó el cirio sobre un candelabro de bronce. En su lugar, levantó una pequeña esfera negra, una pieza mínima pero cargada de promesas.

—Este diminuto orbe representa el comienzo de una nueva era —anunció, dejando la esfera sobre una plataforma especial.

De inmediato, una serie de líneas de luz emergieron del interior del orbe, cruzando el escenario, y todo el salón se encendió de forma espectacular. La pantalla gigante volvió a la vida. El asombro en el ambiente era palpable mientras la energía de la esfera encendía todo el lugar.

—Les presento la primera batería de Blackstone Energy, una fuente de energía limpia que revolucionará el mundo.

Los murmullos de la gente se elevaron con la promesa de lo que veían. Estaban presenciando el futuro.

El anuncio de Blackstone había dejado a todos en una especie de trance. El salón entero parecía suspendido en una mezcla de fascinación y cautela. Los comentarios entre los presentes eran inevitables; algunos miraban la pequeña esfera negra con una mezcla de admiración y recelo. Una energía limpia, revolucionaria…, aunque nadie entendía cómo funcionaba realmente. Estaba claro que muchos querían saber más, pero no todos se atrevían a preguntar.

—Bueno, creo que es momento de responder sus preguntas —habló Blackstone, con una sonrisa afable mientras se acomodaba en el atril.

Después de un par de preguntas genéricas sobre los beneficios de esta nueva energía, mamá tomó la palabra. El aire se volvió más pesado; pude sentir cómo los ojos de algunos asistentes se volvían hacia ella, claramente conscientes de su reputación incisiva.

—Stella Delabazza, New York Times —se anunció mi madre con sus credenciales—. Buenas noches, señor Blackstone —comenzó—, su anuncio es sin duda impresionante, pero ¿podría explicar con mayor detalle el origen de esta energía?

Blackstone esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos antes de responder.

—Es el resultado de años de investigación por parte de nuestros mejores científicos. Una fuente de energía segura, limpia y que cambiará el mundo tal como lo conocemos.

—Segura, ¿dice? ¿Cómo puede afirmar eso si ni siquiera ha revelado la fuente? Todos sabemos que los avances energéticos anteriores, por bien intencionados que fueran, han traído consigo consecuencias ambientales desastrosas. ¿Qué garantías ofrece?

—Lo que presentamos hoy es completamente seguro —insistió Blackstone.

—Disculpe, pero su empresa no tiene un historial precisamente impecable en lo que respecta a la seguridad ambiental. ¿Qué puede decirnos sobre los incidentes en sus yacimientos en el tercer mundo y el impacto en las comunidades locales? Estoy hablando, en concreto, de sus operaciones en las inmediaciones de la tribu Zebvke, en el África subsahariana y la tragedia que eso provocó.

Mamá lo apretaba más, y Blackstone le lanzó su respuesta cargada de ironía.

—Por lo que entiendo, todo eso de la tribu Zebvke no está ni remotamente confirmado. Como todo lo que usted suele investigar, Stella. A propósito, ¿ya ha encontrado la ubicación precisa del hundimiento de la Atlántida?

Algunos de los periodistas intercambiaron murmullos y sonrisas entre ellos.

La rueda de prensa llegaba a su fin. Ahora me tocaba jugar mi papel. Game on.

Estiré mi mano hacia una de las bandejas que los camareros ofrecían para alcanzar el segundo espumante del día que apenas bebería y comencé a deambular por el salón. Mamá estaba siendo abordada por una colega, y no parecía del todo amigable. Al parecer, la periodista le reprochaba la manera en la que había abordado a Blackstone.

—Somos periodistas, no relacionadores públicos, pero parece que muchos de ustedes lo han olvidado —le respondió mi madre con desdén.

—Aun así, no correspondía ponerse conspiranoicos sin pruebas.

Mamá no tardó en reaccionar.

—¿Conspiranoicos? ¿Crees que el desastre de la tribu Zebvke es una teoría de la conspiración? —preguntó con voz firme—. Las plantas de Blackstone envenenaron las aguas. Ciento cincuenta niños murieron por el agua contaminada.

El ambiente se tensó. Yo observaba desde mi rincón, al tanto de que mi madre no cedería ante esos comentarios. La periodista, claramente incómoda, intentó suavizar la situación.

—Calma, Stella. No desconozco tus méritos. Es más, estoy convencida de que gracias a tus investigaciones medioambientales ya habrías ganado el Pulitzer. Pero tus reportajes sobre civilizaciones perdidas y objetos religiosos legendarios te han jugado en contra.

—Creo firmemente que ambos temas son igual de importantes —espetó mamá, en ese tono que usaba cuando quería cerrar cualquier debate.

La periodista soltó una risa irónica.

—¿En serio dices eso? ¿Poner la búsqueda de los tesoros del Rollo de Cobre al mismo nivel que niños envenenados? Vamos, no puedes hablar en serio.

Mamá guardó silencio un momento, pero su rostro altivo indicaba que no se retractaría. Yo estaba siguiendo el intercambio, sin perder de vista el ir y venir de los invitados, pero sabía que aún no era mi momento, sino el de papá.

—Stella —la llamó él, acercándose y apoyando su mano en la espalda de mamá—, ¿puedo robarte un momento?

Mamá fingió sorpresa.

—Oh. Pascual. Te presento a Theresa Gregory escritora del Post. Theresa —mencionó su nombre mientras indicaba a papá—, Pascual Delabazza, mi marido, jefe de astrofísica en la Universidad de Columbia y actualmente a cargo del proyecto en el planetario Hayden.

—Por supuesto. Pascual. Su reputación científica lo precede —Se dirigió a mamá con una sonrisa y, marcando las palabras, luego se dirigió a mi padre—, fascinante el último artículo que publicaste en Astrophysical Journal sobre las singularidades. Si en algún momento tienes tiempo, me encantaría coordinar una entrevista.

—Por supuesto, hablaré con mi asistente para que lo agende. Me gustaría mucho elaborar sobre el aspecto histórico de nuestro proyecto. ¿Sabías que los sumerios predijeron exactamente estos efectos astronómicos que estamos vivenciando ahora? Escritos en tablas de arcilla. Muy interesante.

¡Ja! brillante.

Papá era capaz de descargar un insulto de la manera más diplomática.

La mujer quedó con la sonrisa congelada, y vi a papá llevar a mamá en dirección al bar, lejos de los periodistas.

Me acerqué para no romper el círculo de protección que siempre manteníamos entre los tres. Vi a la señora Roth acercarse con una sonrisa y tras ella al sobrino que siempre no hacía más que hablarme de sus vacaciones en Vermont. Tuve que sentarme con ellos en una mesa de mantel blanco y canapés.

Estampé una sonrisa en mi cara mientras aparentaba escuchar, aunque mi atención permanecía en papá y mamá. Mi mirada vigilante ante posibles obstáculos.

—¿Qué te retuvo todo este tiempo? —le preguntó mamá.

—Lo siento. Toda esta noche está resultando un poco… inesperada.

Mamá le echó una mirada incrédula antes de volver la vista a Blackstone, rodeado de un grupo de ejecutivos al final del salón.

Papá ordenó en la barra un whiskey doble, tres hielos y soda, y una copa de champagne. Ambos se giraron para apoyar sus espaldas contra el bar y no perder de vista a los invitados.

—¿Cuánto más de esto? —le inquirió papá, paseando la vista por el salón.

—Solo necesito acercarme a Blackstone en cuanto esos buitres que lo rodean lo dejen solo.

“No me refiero a eso”, estaba diciendo papá cuando el barman lo interrumpió: “Señor, su whiskey”. Papá tomó el pesado vaso de cristal y se lo entregó a mamá. Acercó la copa de champagne a sus labios y repitió:

—No me refiero a eso.

—¿Pascualina? —consultó mamá, mirándolo de frente esta vez.

Agudicé mis oídos, pero en ese mismo instante Roth junior se me acercó aún más para relatarme sus slaloms y otras audacias en la cancha de esquí, y no pude oír más que palabras entre cortadas. Papá decía: “… sin consecuencias esta noche, pero (…) actividades normales (…). Si tú pasaras más tiempo en casa (…) no disminuye (…) me preocupa”. A lo que mamá respondía: “ … no se puede evitar (…) Imprescindible llegar al final de este asunto (…) Es diferente (…) empeño no conduce a nada”.

Mi mirada se clavó en Theresa Gregory que se acercaba al bar, pero papá la atisbó y ubicó a mamá estratégicamente detrás de un florero.

Papá continuó.

—¿La quieres visitar en la cárcel, entonces?

¿¡Qué!?

—Por favor, Pascual, no exageres.

Gracias, mamá.

Un silencio incómodo surgió entre ellos y después de unos segundos, los ojos de mamá volvieron a concentrarse en Blackstone, esperando el momento en que su comitiva se dispersara.

Esto era lo nuestro; acompañar a mamá en sus múltiples eventos y asegurarnos, papá y yo, de que ninguna conversación la retuviera lejos de sus objetivos o posibles entrevistados.

—¿Te parece bien que esto continue, entonces? —insistió papá que se negaba a soltar el tema.

—Pascual, ya queda menos, estoy cerca —aseguró mamá en un tono más conciliador—. Lo presiento. Te lo prometo.

Pero papá estaba inquieto y no cedía.

—Me has hecho la misma promesa por más de diez años —Su tono sonaba más molesto que lo esperado.

—Tú sabes que no puedo detenerme, tengo que encontrarlo.

—Cómo quisiera que te olvidaras de una vez del pasado y empezaras a vivir aquí, ahora. Con nosotros…, con tu familia. New York puede ser un nuevo comienzo…

—Lo que me pides es imposible.

No sé qué estaba intentando papá. Todos en casa sabíamos que el trabajo de mamá era tan importante como si hubiese sido la mismísima presidenta del Banco Central. 24/7 y siempre disponible. Al menos me aliviaba que ya no estuviesen hablando de mí.

Logré deshacerme de los Roth y comencé nuevamente mi deambular vigilante.

Escuché a papá en un tono de voz diferente, susurrado, y algo dentro de mí comenzó a incomodarse.

—Entonces un descanso —sugirió, rozando su hombro contra el de mi madre. Mamá respondió dándole una mirada curiosa—. Se acerca nuestro aniversario. ¿Qué tal si hacemos algo completamente diferente? —La verdad es que yo ya no quería seguir escuchando—. No más Jordania, no más Atenas…. ¿Hawai? ¿Fiji? Largas caminatas por la playa, un hot-

—Una cabaña —intervino mamá sin ni siquiera mirarlo, con la comisura del labio iniciando una sonrisa.

—… una cabaña de madera a la orilla del mar entre palmeras. Noches estrelladas, piñas colad-

—Mojitos.

—… mojitos mirando la luna…

Papá sonreía, jugueteando con la mano llena de anillos de piedras exóticas de mamá. Yo comencé a caminar hacia ellos para interrumpir este intercambio totalmente fuera de guion, y recordando que hace tan solo unas noches hicimos con Aldonza el peor descubrimiento que unos hijos quieren hacer de sus padres (habría pagado una lobotomía con gusto para borrar el recuerdo).

—¿Cuándo es nuestro aniversario? —interrumpió mamá con total desconcierto.

—En dos semanas —respondió papá ilusionado, y podría apostar que ya tenía comprados los pasajes.

Mamá negó con la cabeza.

—No creo que alcance. Sé que estoy cerca, pero mi editora quiere que incluya unas piezas que aún no tengo confirmadas. Esta semana deberíamos tener noticias desde África y luego de eso… ya solo dedicarme a escribir este reportaje. Pero dos semanas…

—Maldición, los Hernández vienen directo a nosotros, y esos sí que hablan —murmuró mi padre.

—Lo siento, cariño, Blackstone se está alejando del grupo, tengo que ir tras él.

Apuré el paso al comprender lo que pasaba, pero vi a papá detener a mamá por la mano antes de que se alejara por completo. Escuché clarísimamente a papá hablar y a mamá interrumpiéndolo:

—Solo prométeme una cosa-

—Sí, hablaré con ella.

—¡Señor y señora Hernández! —exclamé, deslizando mis brazos por debajo de los brazos de ambos y enseñando mi mejor sonrisa. Ahora sí era mi turno—. ¿Cómo va esa fundación de ayuda a inmigrantes?

Mientras tanto, mamá se abría paso entre el mar de trajes y vestidos, con el foco puesto en su objetivo: Robert Blackstone, al otro lado del salón. Pasó junto a un grupo de ejecutivos con copas en la mano, cuyas sonrisas se torcieron en una mezcla de admiración y sorpresa cuando ella los atravesó sin detenerse. La vi eludir un mesero que casi derrama una bandeja entera de copas, su vestido ondeando mientras apenas perdía el paso. Nada parecía detenerla.

Sin embargo, justo cuando estaba a punto de tocar el hombro de Blackstone, él giró con una precisión que me hizo pensar que lo tenía planeado. Se apartó de la multitud, moviéndose hacia un ascensor privado. Mamá aceleró el paso, pero su avance fue cortado por un hombre delgado y alto, con una cicatriz visible que cruzaba su mandíbula. Su jefe de seguridad.

—Señora, la prensa no puede pasar de esta línea —declaró, su tono tan afilado como su cicatriz.

El sonido del ascensor retumbó en el salón, y las puertas se abrieron justo cuando mamá intentaba esquivar al guardia. Blackstone entró, girándose lo justo para regalarle una sonrisa sardónica antes de que las puertas se cerraran en su cara. El jefe de seguridad no cedió ni un centímetro.

—Le sugiero que disfrute del banquete, señora.

CAPÍTULO 3

Para vivir en Nueva York, papá había elegido una excéntrica casa en el Upper West Side de Manhattan, en el barrio conocido como Sugar Hill. Décadas atrás había sido un exclusivo barrio de mansiones donde tuvo lugar el llamado Renacimiento de Harlem, un centro de cultura, jazzistas, escritores y activistas políticos.

Hoy aún mantiene un aire de sofisticación bohemio, pero con más influencia latina a nuestro alrededor. Y la casa, nuestra casa, es maravillosa. Una mezcla de mansión antigua con casa embrujada, por fuera de piedras cubiertas con musgo, y rematada en torres puntiagudas, ventanas pequeñas y chimeneas por doquier.

De regreso de la conferencia, Aldonza nos esperaba en el salón. Su pequeña batería digital conectada a sus audífonos, su pelo rojo encendiéndose como fuego con cada movimiento de sus brazos.

La sala era una mezcla de épocas. Paredes recubiertas de madera oscura y tapices que colgaban pesadamente de los muros, lámparas gigantescas se dejaban caer desde el techo, iluminando apenas las múltiples estanterías repletas de libros que compartían espacio con muebles antiguos y artefactos que parecían sacados de un museo. Era fácil perderse entre los detalles; la casa entera jugaba con la imaginación y despertaba misterios.

Uno de los objetos más curiosos era el espejo de marco dorado que colgaba en el salón, y donde ahora me reflejaba mientras colgaba mi abrigo. Lo habíamos traído desde Ámsterdam, aunque puede que su origen se remontara a los días en que vivíamos en Brujas. Era evidente que era un objeto al que mamá le guardaba un cariño especial. El marco, grueso y lleno de detalles, parecía haber sido robado de una pintura flamenca. Sus intrincadas tallas de flores y hojas entrelazadas me hacían pensar en los cuadros de Rembrandt o Vermeer.

—¡Mamá!

Aldonza corrió a ella al oírnos entrar. Ambas se abrazaron y musitaron un intercambio de preguntas y respuestas acelerado que solo ellas entendieron.

—Ludvik y Rosamund ya están dormidos —contestó Aldo al escuchar a papá preguntar por mis hermanos menores.

—Gracias por cuidarlos —resaltó él, mientras mamá asentía en señal de gratitud—. Ya es hora de que tú también te vayas a dormir.

Mi hermana menor asintió.

—¿Cómo te fue? —me susurró Aldo al pasar por mi lado, rumbo al segundo piso.

—Terrible —le susurré de vuelta—. Después te cuento.

Me encaminé yo también hacia las escaleras cuando escuché la voz firme de mamá.

—Tú y yo, pequeña Sherlock, tenemos que hablar.

* * *

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El home office de mamá era un espacio cautivadoramente caótico, pero de alguna manera organizado bajo su propio sistema. El escritorio estaba abarrotado de carpetas, cada una desbordando de papeles, recortes y notas, y encima su computador de última generación. Sin embargo, lo que realmente dominaba la habitación era el gigantesco panel de evidencias. Un tablero donde se desplegaba un mar de recortes, mapas y esquemas dibujados a mano. Todo lo que veía en ese tablero parecía críptico, una maraña de información, pero podía distinguir dos grandes áreas en él: información de sus reportajes para el periódico New York Times, ahora centrado en las operaciones globales de Blackstone en una mitad, y sus reportajes para la revista “Misterios de la Historia” en la otra, donde podían verse ilustraciones del cáliz de Antioquía, dibujos de civilizaciones desaparecidas, mapas con la posible ubicación del Arca de la Alianza, la tablilla perdida de Utnapishtim y un largo etcétera de eventos de la historia.

Mi vista paseó por cada imagen hasta que se detuvo en la foto que conocía bien, la de Estambul, clavada con un alfiler en la esquina inferior derecha de su tablero.

Quizá no había otro lugar donde mamá se sintiera más a sus anchas que aquí.

Se sentó en su sillón, se quitó los tacones y, sin ceremonias, cruzó los pies sobre el escritorio. Abrió un cajón con la soltura de quien ha repetido esa acción mil veces, y de ahí sacó una botella de licor de color ámbar. La sirvió con precisión en un vaso de cristal labrado, tan elegante como todo lo que la rodeaba. Me miró de soslayo y, tras un suspiro, sacó un segundo vaso del cajón. Puso apenas unas gotas en él y lo deslizó por la mesa hacia mí.

—¿Ficha, fotos, huellas dactilares? —preguntó sin preámbulos, mientras tomaba un sorbo de su licor.

Me senté frente a ella. —No, nada.

Mamá asintió, tomándolo con calma.

—Bien, entonces todo —exigió—. Ahora. Y con detalles. Desde el principio.

Le relaté cómo Sydney y yo nos infiltramos en la fiesta de la señora Astor, cómo nos adentramos en su galería privada, y cómo las cosas empezaron a desmoronarse cuando las alarmas se activaron. Mamá me escuchó atentamente hasta el final.

—Noble de tu parte rescatar a Sydney. Y bien pensado el escape, dadas las circunstancias, pero… —Mamá se inclinó hacia adelante en su asiento, sin dejar de mirarme en ningún momento—. Pascu, ¿cómo permitiste que te atraparan?

—Fue esa maldita descarga eléctrica —expliqué, aún frustrada—. El lugar estaba oscuro, quise encender una lámpara porque no veía ninguno de los cuadros y… No sé, debió tener un desperfecto porque me lanzó al suelo. Me aturdió por completo, y cuando quise reaccionar ya era tarde.

—Momento. Retrocede. Describe lo que sucedió —Su tono se volvió repentinamente más serio. Le mostré la mano, donde aún sentía el hormigueo de la quemadura, aunque apenas era visible—. Ven, acércate más —pidió—, déjame ver.

Mamá inspeccionó la palma y el dorso de mi mano, girándola con cuidado. Acercó dos dedos a mi muñeca como midiendo mi pulso y luego, acercándose aún más, rodeó mi cabeza con ambas manos. Puso suavemente sus pulgares en mis ojos y con el dedo índice y medio de cada mano cubrió mis sienes.

—No fue nada… Solo un aturdimiento momentáneo —le quise explicar un poco más mientras sentía el contacto tibio de sus manos en mí—. La cabeza se me llenó de imágenes…

—¿Qué imágenes?

La primera que saltó en mi cabeza la empujé hacia el fondo más oscuro de mi mente. Tenía bien claro que eso no era más que una fantasía.

Mamá quitó sus manos de mi rostro y yo me eché hacía atrás, evadiendo su contacto porque mamá siempre lo sabía todo.

—Estás en perfecto estado físico —me aseguró—. Entonces, ¿qué imágenes?

Suspiré, intentando poner en palabras algo que ni yo misma entendía del todo.

—De todo y nada a la vez. Todo pasó muy a prisa… Quizá eran trozos de documentales que he visto, ciudades antiguas, derrumbes, telas blancas ondeando al viento… —Su boca en mi cuello y sus manos expertas en mí—. Y… Y e-eso es todo.

—¿Qué no me estás diciendo?

—Nada. O sea, supongo que pueden haber sido pedazos de sueños que he tenido o de películas o libros… —empecé a decir rápidamente, defendiéndome de una conversación incómoda y empezando a sentir un calor subiéndome por las orejas—. Mamá, de verdad, no es importante.

Ella me escrutó con sus ojos. Momento que aproveché para probar el licor que me había ofrecido. Se sintió como terciopelo en mi boca y fuego en mi garganta. Levanté la vista y la vi sonreír con ligereza.

—¿Qué tipo de sueños? Me refiero a los que importan. No a tus fantasías románticas.

Es imposible ocultarle nada.

—¡Mamá! No sé, siempre sueño cosas raras. De verdad, no es importante.

—Pascu, ten cuidado —advirtió mi madre, dándole un nuevo sorbito a su licor—. Hay emociones tan fuertes que nublan la razón.

—Mamá…, estoy cansada, no quiero tener esa conversación ahora.

—La acabamos de tener.

Me quedé pensando en lo que dijo, sin saber si entendía del todo sus palabras, pero decidí archivarlo todo en mi mente para analizarlo después. Por ahora, era evidente que mamá esperaba más información.

Volví a recordar el episodio en la galería de la señora Astor y ese momento en que desperté tendida en el piso.

—No sé, mamá, quizá solo fue un momento de vulnerabilidad. ¿Querer ser rescatada?

—¿Por Beltrán? —preguntó mi madre, irónica.

—¡Oh, mamá! ¡Dale una oportunidad! Apenas lo conoces.

—No necesito conocerlo a él. Te conozco a ti.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, empezando a sentirme acorralada.

—En todo caso, claramente necesitabas ser rescatada. Hiciste algo para lo que no estabas preparada.

Volviendo a ponerse seria, se cruzó de brazos y apoyó su espalda contra el sillón.

—Yo…

—¿Una alarma? ¿Qué sabías de eso cuando entraste ahí? ¿Estudiaste el tipo de mecanismo?

—Sé el tiempo de respuesta de la policía.

—Debiste haber sospechado que había un sistema de seguridad. Estudiar la casa, revisar el cableado, tener un plan de salida, ¡en fin! Seguir la intuición es una cosa, pero luego hay que buscar pistas y descartar —Se puso de pie y comenzó a caminar por la habitación, marcando cada paso—. Tienes que observar, analizar, sacar conclusiones. Tienes que prestar atención a los detalles —Se detuvo frente a mí y se inclinó para mirarme directo a los ojos, hablando despacio y claro—. Todo es parte de una historia que necesita ser resuelta. No estabas preparada —concluyó, sin quitarme la vista.

No supe qué responder. Me quedé en silencio un segundo. Después suspiré.

—Tienes razón. No volverá a ocurrir, me prepararé mej-

—Yo te diré cuando estés preparada —me interrumpió, enderezándose y girándose hacia su tablero.

No me dio tiempo a protestar porque lanzó la siguiente pregunta sin previo aviso.

—¿Y los estudios?

Sabía que no sería completamente sincera, así que traté de mantener la compostura.

—Me va bien en todos los ramos. Literatura, historia, cálculo…, incluso canto.

A pesar de mi sonrisa (nerviosa), mamá no parecía impresionada.

—¿Y biología molecular? —soltó, sin dar tregua.

Vacilé un momento.

—Lo voy a resolver. Lo tengo bajo control —intenté sonar confiada.

Mamá exhaló, y por un segundo pude ver su frustración mezclada con algo de resignación.

—Y pensar que dejaste a los mejores profesores de Europa por… por… Esa fue una emboscada. Un golpe bajo de tu padre y tuyo —reprochó, dejándose caer sobre su silla otra vez, claramente fastidiada por la decisión de cambiar el home schooling que había tenido toda mi vida por una escuela pública en New York.

—Mamá, ya hablamos de eso…

—Sí, vale —Ella tomó una bocanada de aire—. Es solo que tu padre está preocupado…, y ya has tenido dos problemas serios con las autoridades en los últimos meses. No quiero más encuentros con la policia, ¿me entendiste? —El tono de mamá volvió a encenderse—. Si quieres dedicarte a la investigación, termina tus estudios con las más altas calificaciones, consigue una beca en la mejor universidad y aprende los secretos de este oficio de primera fuente con profesores de primer nivel. Resolver casos no es un hobby.

Me quedé nuevamente en silencio. Al cabo de un rato, la mirada de mamá se volvió más suave.

—Mira, Pascu, estoy orgullosa de ti y de tu valentía cuando te propones algo. Es solo que a tu edad ya no puedes actuar de manera tan osada y sin pensar en las consecuencias.

—Lo siento. Fue un error. La señora Astor no tenía ninguno de los cuadros en su galería privada.

—Ese no es el punto. ¿Acaso crees que en mis investigaciones nunca me he equivocado y seguido un pista errónea? El punto es que hay cosas más importantes que te depara el futuro, grandes responsabilidades. Necesitas estar preparada.

—Pero me equivoqué, fallé. No había nada donde pensé que iba a encontrarlo todo.

Mamá se levantó de su asiento y me abrazó.

—Lo sé, lo sé…

Hizo una pausa para mirarme a los ojos.

—Estás enojada. Bien. Úsalo a tu favor y no cometas el mismo error. Una buena investigadora, como tú lo eres, no deja nunca de dar vuelta una y otra piedra, hasta que encuentra la verdad —Asentí. Mamá sonrió y me dio un beso en la frente—. Es tarde, vete a dormir. Mañana será otro día.

* * *

Mi habitación es mi refugio.

Está en el último piso de la casa, tiene un techo inclinado, y dos pequeñas ventanas góticas como de castillo desde donde alcanzo a divisar el río Hudson. Las paredes son de madera, al igual que el suelo, aunque tiré encima un montón de alfombras de distintos motivos y texturas que se sobreponen unas sobre otras.

Me acerqué a encender una vieja lámpara de pie, con su pantalla desgastada. La luz cálida y tenue iluminó mi habitación. Contra las paredes tengo apoyados mis cuadros, esos que recojo o compro en ventas de garaje, afiches de películas antiguas, mapas, cuadros raros y hasta algunos bordados. Desde el suelo brotan múltiples montoncitos de revistas antiguas y modernas, altos de periódicos y, encima de ellos, más esculturas de la calle. Un globo terráqueo y mil cachivaches que recolecto en mis andanzas por la ciudad.

Tengo un armario, pero además un colgador de metal donde mantengo las cosas más inusuales: sombreros, chaquetas de plumas, bufandas de piel y abrigos viejos.

Lo mejor quizá es la pequeña chimenea bordeada por muebles bajitos que contienen todos mis libros, textos, diccionarios, enciclopedias y manuales, más los muchos otros que habían dejado abandonados los antiguos inquilinos y que yo rescaté para mí.

Qué día…

Comencé a desvestirme, dejé caer mis zapatos y desamarré con cuidado de mi muslo mi estuche de herramientas. Lo metí en un cajón.

Agatha, mi gata blanca, mullida y silenciosa, entró por la ventana mientras me quitaba el vestido y los rellenos. Me deslicé dentro de una camiseta delgada, suave y desgastada.

Sin emitir sonido, Agatha caminó por el borde de la ventana hacia mi escritorio. Puso sus patitas delanteras sobre mi diario personal y su cola bailó sobre mi diario con escritos más íntimos. Yo lo llamo “El Otro Diario”, pero en el fondo ambos me ayudan a procesar mejor el día. Siguió avanzando sobre unos papeles desordenados en los que estoy escribiendo las investigaciones que hago de la nueva casa y sus misterios (¿Debería crear una colección y llamarla “Hogar de Misterios”?), pero no, estoy demasiado cansada para escribir esta noche.

Agatha trepó de un salto a mi cama y yo revisé el GPS de su collar.

—Recorriste mucho hoy —murmuré, mientras ella ronroneaba—. ¿Encontraste algo entretenido?

Cerré la ventana y corrí las cortinas cuidando de no estropear las guirnaldas de luces y cristales que colgaban del marco.

Vi que tenía varios paquetes de Amazon esperándome, pero no me dieron las fuerzas para abrirlos.

Me senté sobre la cama, revolviendo en el cajón de mi mesita de noche. Mi mente repleta de las visiones y sonidos del día. Saqué la crema y comencé a masajear esa contractura de mi pierna con ambas manos, hundiendo mis pulgares entre los músculos. Cerré los ojos e inhalé profundo el aroma mentolado, tratando de despejar mi mente de todo pensamiento.

Luego, me encaminé descalza, sintiendo las diferentes texturas bajo la planta de mis pies, al lugar de mis desvelos. Agatha me siguió con un suave maullido mientras se restregaba entre mis piernas.

Parecía un armario cualquiera, disimulado entre los paneles de madera, pero resultó ser el acceso a una buhardilla sin ventanas. Es el lugar donde guardo todas mis investigaciones. Ahí tengo mis tableros llenos de recortes, notas y esquemas sobre misterios que parecen no tener solución y en los que mi mente no puede dejar de pensar.

Me acerqué a la mesa que uso como escritorio, encendí la lámpara y miré un papel. «Posible encargo de la señora Dolores Astor», decía. Sin dudarlo, lo taché con fuerza y escribí en un costado: «Pista falsa. Dead End«.

Guardé el papel en mi mueble archivador, en la carpeta etiquetada “El Misterio de los 13 cuadros robados” y suspiré desanimada. Estaba a punto de cerrar el cajón cuando mis ojos se detuvieron sobre otra. «El Misterio del Hospital de Estambul”. Saqué de su interior la ficha médica en turco.

Donde debería estar el nombre del paciente, se declara la identidad como desconocida. NN. En la descripción se menciona una herida en la pierna, justo debajo de la cadera derecha. La paciente tenía unos seis años.

Como por instinto, llevé mi pulgar a mi cadera y recorrí despacio la cicatriz. El recuerdo del accidente siempre presente, aunque nadie quisiera hablar de él.

Apagué todas las luces y encendí mi proyector. Lentamente comenzaron a brotar los sonidos del mar, amplias ondas acuáticas que se extendían por la habitación seguidas de tenues luces de un azul intenso que me envolvían y me vaciaban poco a poco.

Me metí dentro de la cama, disfrutando del contacto frío de las sábanas contra mis piernas. Comencé a respirar despacio, concentrándome en el aire entrando y saliendo de mi cuerpo. Cerré los ojos para dejarme llevar por el sueño…, pero no, no todavía. Mis inquietudes aún no acababan de deshacerse por completo.

Extendí una mano debajo de la cama y saqué una de mis novelas. La abrí en la página de la noche anterior, y me fui perdiendo en otro mundo. Me hundí más abajo entre las sábanas, rindiéndome a ese alivio que mi cuerpo tanto ansiaba. Ya no pensaba en los casos sin resolver, ni en las pistas que parecían burlarse de mí. En este lugar, el ruido de mis propias obsesiones ya no me alcanzaba.

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CAPÍTULO 4

La alarma sonó a las 5 AM.

Con un movimiento automático, la apagué, me eché abajo de la cama y encendí una luz. Los cristales que colgaban de mi ventana proyectaron pequeños arcoíris que danzaban sobre las paredes.

Me vestí rápido, empaqué mi bolso y me colgué las zapatillas de remo al hombro. No habían sido muchas las horas de descanso y otra vez tenía la lejana memoria de haber tenido unos sueños raros. Los espanté caminando de prisa escaleras abajo.

Antes de salir, vi que la luz del despacho de mamá seguía encendida. Entré, y ahí estaba ella, con el mismo vestido de la noche anterior, descalza, de pie frente a su tablero de evidencias. Tenía las manos en la cintura. Me acerqué, y ella, sin mirarme, soltó un exhausto:

Motherfucker.

Exploté en una carcajada.

—No eres la única a la que no le gusta perder —masculló, mientras yo observaba su panel.

Tenía nuevas referencias sobre catástrofes ambientales, todas relacionadas con pueblos del tercer mundo. El nombre de Blackstone Corporation aparecía una y otra vez.

—¿Es esto de tu investigación en África? —pregunté. Mamá asintió, pero no dejó de observar el tablero—. ¿Por eso adelantaste tu regreso? ¿Para estar en la conferencia de ayer?

Ella asintió otra vez, aún concentrada en los recortes.

Podía sentir la energía detrás de su pasión al hablar de Blackstone. Siempre ha habido algo en la manera en que mamá se sumergía en su trabajo que me fascinaba. Estaba convencida de lo que decía.

—Ese criminal y su familia han estado metidos en negocios sucios durante siglos. Han amasado suficiente poder para comprar silencio e impunidad, pero los tiempos están cambiando. La información es más difícil de controlar —No pude evitar sonreír al escucharla—. Entregué el artículo sobre lo que estuve investigando en mi viaje —añadió—, pero ahora estoy trabajando en un reportaje más extenso. Espero una llamada importante. Si todo sale bien, podré exponer de una vez a Blackstone.

—Lo lograrás. Eres la mejor reportera de investigación del mundo.

Fue el turno de mamá para soltar una carcajada.

—Ojalá mis colegas pensaran lo mismo —señaló, apuntando los recortes de misterios antiguos y leyendas—. Lo que mis colegas no entienden es que, durante siglos, los hombres más poderosos dedicaron tiempo y riquezas para descifrar estos misterios. Entenderlos es entender la historia secreta del mundo.

Había algo en su mirada que no lograba descifrar. Creo que quería decirme algo, pero no encontraba las palabras. Su mirada vaciló y terminó por concentrarse en las zapatillas que llevaba al hombro.

—Esas suelas están desgastadas. Así, no vale la pena cuánto te esfuerces, tus braceadas pierden intensidad. Ve. No llegues tarde a tu sesión de remo.

Estaba a punto de salir, pero volví mi vista a la foto de Estambul. Algo me inquietó.

—Mamá, ¿eso tiene que ver con la ficha médica de Estambul? ¿Y la herida en mi cadera?

Mamá me miró con resignación.

—Esa ficha no tiene nada que ver contigo. No sé cómo terminó en mis archivos. Lo de tu herida fue solo un accidente. Te la hiciste andando en bicicleta en Brujas, como te he explicado tantas veces.

—Okey, okey…

Retrocedí, evitando la discusión que claramente ella no quería tener.

Salí de su despacho, con mi mente aún llena de preguntas.

* * *

Ataqué los torrentes del Hudson con violencia. Cada braceada me quemaba los brazos y las piernas mientras el viento frío me perfilaba las mejillas. Mi respiración perfectamente sincronizada con cada golpe de remo en el agua hacían que me moviera sola por el río de forma casi hipnótica.

Lo de Estambul seguía dando vueltas en mi cabeza. Cuando tenía once años y vivíamos en Brujas, encontré una ficha médica guardada en el fondo de un baúl. Estaba escrita en un idioma desconocido. En el encabezado se distinguían las palabras türkiye y hastanesi. Saqué el multidiccionario de la biblioteca y comencé a buscar esas palabras hasta descubrir que se trataba de un formulario de ingreso a un hospital en Turquía.

El corazón se me aceleró cuando comprendí lo que decía. Una niña de 6 años era ingresada como NN con una herida en la cadera. La misma herida que yo tenía y que, según mis padres, había sido por una caída en bicicleta. El año que aparecía en la ficha, sin embargo, coincidía con mi edad en ese momento.

Fui directo a preguntarles a mis padres, pero me miraron con esa sonrisa de “ahí va de nuevo”, tratándome como una niña con demasiada imaginación. Negaron haber estado en Estambul, negaron saber algo de esa ficha, y no dieron más explicaciones.

Pero en ese momento yo estaba convencida. Aquella niña de la ficha, era yo.

Esa certeza, mezclada con la frustración de no ser tomada en serio, me llevó a escapar de casa por primera vez.

 

CAPÍTULO 5

Salí del agua empapada de sudor. Cargué mi bote dentro del espacio que tenía alquilado en la pequeña marina, me puse un polerón seco y me encaminé de regreso a casa, caminando lento por las siete cuadras que me separaban de ella.

El sol aún no se veía, pero la incipiente luz del amanecer comenzaba a recortar los edificios antiguos, de tres o cuatro pisos, en siluetas marrones y grises.

Escuché el rugir de las cortinas metálicas elevándose en los negocios. Percibí el correteo de las ratas escabullirse entre los basureros al oír mis pasos. Vi las pesadas puertas de madera de la iglesia abrirse y a unas cuantas mujeres enfundadas de negro enfilar en peregrinación a la misa matutina.

Desde una esquina una chica de unos veintitantos con delantal blanco y bordado de Mount Sinai en el bolsillo superior se acerca con manos nerviosas hacia un dealer que le ofrece una pequeña bolsa plástica. En la siguiente cuadra, desde otro callejón, una mujer se baja de un auto por la puerta de copiloto. Es mayor, lleva el pelo teñido de un amarillo neón, lleva una chaqueta roja de cuero tres tallas más pequeñas y minifalda de leopardo. Se enjuaga la boca con una botella de listerine. Más allá un hombre desciende furtivamente las escaleras de incendio, aún con la camisa en la mano y los zapatos desabrochados. Sobre él, en una ventana superior, una mujer en camisón fuma por la ventana.

Atravesé delante de la Misión de Cuba, el restorán que cada mañana saca mesas, sillas y termos para ofrecer café caliente y algo de comer a los vagabundos.

En la avenida principal, 22 autos estacionados a cada lado, uno con matrícula de Philadelphia, dos de New Jersey. Un sticker de los Knicks en una de las ventanas traseras. Una nueva película se anuncia en la publicidad del paradero de buses. Una pareja de hombres jóvenes rompe el silencio con sus risas livianas y despreocupadas, se miran, se ríen, se besan corto y apresurado mientras caminan. No se pueden quitar las manos de encima.

Hay descuento de botas de invierno en Footlocker.

Por fin el aroma tibio de la harina, el chocolate y la mantequilla llega a mi nariz.

Las campanitas de la puerta tañen suavemente cuando entro en mi bakery preferida. Las galletas están tibias y el ambiente huele a gloria. Pido cuatro: una de Nutella y las otras de cacahuate, banana y chips.

Saqué mi billetera para pagar, pero Amanda no me lo permitió.

—No, no, no, tú sabes que aquí las cúquis para ti son gratis, mi reina. Desde que tú me descubriste el tema con ese cabrón que me robaba, tu dinero aquí no vale, ¿me oíste?

Salí y compré el New York Times. Siempre encontraba algo en sus páginas. Una pista, una nota, cualquier cosa podía ser útil. Pasé las páginas a prisa mientras caminaba hasta que di con el artículo de mamá. El texto hablaba de un desastre ambiental que diezmó a una tribu al sur del Sahara. Describía con detalle las atrocidades cometidas por empresas extranjeras que, aprovechándose de la inestabilidad política, explotaban recursos sin consideración por el impacto ambiental. La nota mencionaba el nombre de una empresa que no me sonaba de nada, pero sin explicitarlo dejaba entrever que era solo una fachada para un conglomerado mucho más grande: Blackstone Corporation.

Esto iba a sacar chispas.

Subí las escalinatas de la casa, entré y me encaminé a la cocina. Dejé sobre el mesón las galletas para mis hermanos y corrí a la ducha.

Veinte minutos después, el timbre sonó como cada mañana, y eso me sorprendió.

Abrí la puerta y allí estaba Sydney, como siempre, con su mochila al hombro y unos cuantos cuadernos en la otra mano.

—No pensé que vendrías hoy —solté, sin atinar a moverme de la puerta.

—Sí… Vaya numerito el de anoche, pero a pesar de todo… —Su mente buscaba las palabras y su cuerpo se movía de lado a lado, hasta que acabó abruptamente—, tenía que darte las gracias.

—¿Las gracias? ¿Por qué?

—Al menos me ayudaste a escapar —explicó—. No dejaste que me atraparan.

No supe qué responder a lo que ella decía y Syd continuó.

—Si mis padres se hubieran enterado… —Ella titubeó un segundo—. Mira, solo prométeme una cosa. La próxima vez dime toda la verdad, no me ocultes nada. Dime incluso lo que no sabes y déjame a mí tomar la decisión de si quiero o no acompañarte. ¿Promesa?

Sonreí. —Promesa.

* * *

La primera vez que lo vi fue en la cancha de básquetbol. No era un partido formal, era un recreo y yo estaba ahí (no en la biblioteca) justamente para mirar, analizar y seleccionar.

Por razones que no quiero explicar ahora, había decidido tener un novio.

Su piel café con leche, extra shot. Su altura, su figura atlética y mmm

Además de su sonrisa y su pelo crespo desordenado, sus manos son quizá lo que más me atrae de él. Sus manos son expertas. Ni muy suaves ni muy rudas. Y oh, boy, mi cuerpo todavía se alborota por completo cuando me toca.

Me fascina cuando se me acerca por detrás, como ahora que lo veo venir en el espejito de mi locker, listo para rodearme con sus brazos y apoyar su mentón en mi hombro. Entonces sus manos se deslizarían por mis caderas hasta lograr cruzarlas por delante de mi cintura.

—Hola, mi bonita —me susurra Beltrán al oído en su nativo español, porque sabe que me encanta.

No. No me había equivocado al escoger.

Me incliné hacia atrás para responder a su beso tierno, mientras él continuaba jugueteando con sus dedos por el borde de mis jeans, encendiéndome entera.

—¿Otra noche de crímenes y misterios?

¿Pero cómo-?

—¡Sydney! —exclamé, clavando la vista en la única sospechosa.

—¡Yo no fui! ¡Yo no dije nada!

—Entonces quién-

La campana sonó llamando a clases y Beltrán se despidió con un beso corto. Sydney voló a su sala y yo terminé de guardar las cosas en mi locker, suspirando.

Sin saber por qué, revisé Instagram, con la secreta esperanza de que el policía (¿Qué era en realidad? Nunca lo dijo) hubiese aceptado mi solicitud, pero tal cosa no había ocurrido.

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